Por Francisco Ortiz Velázquez/
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 * Algunos de los datos contenidos aquí forman parte de la entrevista que el autor
de este artículo, Paco Ortiz Velázquez,  le hizo a El Santo, el 23 de enero de 1984
y que se publicó en la Revista Campal, en México, 13 días antes del fallecimiento
de El Enmascarado de Plata, el 5 de febrero de ese año.

 MONTREAL 11 octubre 2018.— El Santo (Rodolfo Guzmán Huerta, Tulancingo, Hidalgo, México, 23 septiembre 1917, Ciudad de México, 5 febrero 1984) es el más grande y famoso luchador mexicano de todos los tiempos. 
   Comenzó a aprender lucha libre a los 16 años en 1933 al tratar de seguir a sus dos hermanos mayores que ya eran gladiadores: Miguel Wenceslao Guzmán Huerta, quien luchaba como Black Guzmán (a quien llamaban El Señor de Tulancingo, por su extraordinaria técnica, elegancia y grandeza como luchador) y Jesús Guzmán Huerta, El Pantera Negra, quien falleció el 13 de agosto de 1934 durante una lucha, en una arena de Puebla.


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   Afirmaban los expertos que El Santo jamás pudo superar en habilidad, personalidad ni técnica a su hermano mayor Black Guzmán.

 Se inició como Rudy Guzmán

Rodolfo debutó en 1934 como Rudy Guzmán ante El Francesito, Eddie Palau (quien luego se convirtió en uno de los más grandes réferis de la lucha mexicana y a quien el autor de esta nota entrevistó en 1988, también, poco antes de morir). Posteriormente, Rudy luchó como El Hombre Rojo, El Enmascarado, El Incógnito, El Demonio Negro y El Murciélago Enmascarado II, hasta que su entrenador, el promotor y programador de la empresa Lutheroth, de la Arena México, el legendario don Jesús Lomelí, le ofreció enmascararse bajo cualquiera de los tres personajes que le dio a escoger: El Santo, El Diablo o El Ángel. Rudy escogió el primer nombre. 
   Al principio El Santo usó una máscara de cuero de puerco, casi oscura, asfixiante, “un martirio para el rostro por lo calurosa y rasposa”, nos confiaba aquella vez. Una careta que luego se transformó en la máscara plateada con la que obtuvo para siempre la fama, junto con su capa y su vestimenta del mismo color relumbrante.

 “La máscara representa la epopeya de mi vida...

 “La máscara representa la epopeya de mi vida, la razón de ser de mi personaje, por eso la he cuidado tanto. Perderla sería como traicionar a mis seguidores, a mi público. A mí mismo. Por eso siempre la defendí y la resguardo”, nos afirmó El Santo tras el retiro, a unos días de su muerte.
   En toda su carrera El Santo se jugó la máscara en luchas de apuesta contra decenas de rivales y a pesar de estar a punto de perder, jamás fue desenmascarado. Es este un orgullo para presumir siempre, ya que pocos son los luchadores que al final de su carrera conservan la máscara y, por ende, la incógnita: El misterio de saber quién se esconde tras ella.
   El Santo debutó el 26 de julio de 1942 como tal, en la Arena México. Al principio luchó en el estilo rudo, con la famosa Pareja Atómica integrada con Gory Guerrero (padre del famoso luchador de los años 90 Eddy Guerrero, ambos ya fallecidos). Luego, el plateado se transformó en luchador técnico. 

Surge la leyenda de la máscara de plata

Con este cambio al bando “limpio” y la celebridad que le brindó la historieta semanal El Santo, del editor José G. Cruz, que primero era una revista de dibujos y luego se transformó en fotonovela, en los años cincuenta, El Enmascarado de Plata obtuvo una fama sin precedentes que lo llevó al cine.
   Una celebridad que se acrecentó y explotó al máximo en la pantalla grande, aunada a sus triunfos deportivos en la lucha libre y a sus dotes de estupendo luchador, que lo llevaron a conquistar varios títulos nacionales y mundiales en el deporte del pancracio, en las divisiones de peso welter y medio.
   Y en el cine se enfrentó a vampiresas, cerebros del mal, hombres infernales, momias, vampiros, zombies, extraterrestres, científicos locos, delincuentes comunes, mafiosos y toda clase de monstruos y seres de ultratumba. Y aporreó y venció a todos, al lado de bellas mujeres, al volante de autos deportivos convertibles y en sociedad con inolvidables compañeros como Blue Demon, Mil Máscaras, Tinieblas y muchos otros luchadores, también campeones justicieros.
   Su fama traspasó fronteras y se convirtió en un ícono de la cultura popular mexicana, un ser mítico, mágico y misterioso que era un verdadero ídolo nacional, sobre todo de los niños y una especie de superhéroe justiciero —y por lo regular vencedor—, que luchaba siempre contra el mal pero quien, a diferencia de los superhéroes extranjeros como Supermán, Batman o El Hombre Araña, cualquier mexicano podía ir a alguna arena pera verlo luchar y saludarlo, tocarlo y pedirle un autógrafo. Acaso tomarse con él una fotografía. 

“El Santo es alguien que ha cruzado la realidad...

 El crítico e investigador de la historia del cine mexicano, Jorge Ayala Blanco, escribe y describe:  “El Santo es alguien que ha cruzado la realidad y se ha adentrado en la leyenda: un hombre que llegó a ser campeón mundial de lucha libre en 1946 y que ha guardado por veinticinco años su secreto y lo ha hecho guardar por quienes lo rodean: una figura que encaja en todo lo que la imaginación crea de aventura, de hazañas audaces y caballeresca en que siempre triunfa el bien sobre el mal. En la pantalla un héroe anónimo; en la arena, el máximo luchador. Es El Santo”  (Jorge Ayala Blanco en, La búsqueda del cine mexicano. UNAM. 1974.  p. 295.).
   Citado por Armando Gerardo Santos Uruñuela en el blog, Santo, El Enmascarado de Plata. (https://armandosantosu.wordpress.com/2017/09/19/santo-el-enmascarado-de-plata/). 

La última caída...

Tras una larga trayectoria cinematográfica, luchística y televisiva, pues tuvo su propio programa en la pantalla chica en el canal 2 a inicio de los años setenta, El Santo realizó sus últimas luchas a principios de los ochentas, pero ya tenía afecciones cardiacas e incluso combatió en su despedida en El Toreo de Cuatro Caminos, con un marcapasos en el pecho. 
   Ahí, ese 12 de septiembre de 1982 en su retiro, El Santo, a sus 65 años, sufrió una golpiza sangrienta y brutal por parte de sus adversarios, Los Misioneros de la Muerte: El Signo, El Texano y Negro Navarro, en pleno apogeo de juventud, acompañados por el sanguinario Perro Aguayo. Los compañeros del Enmascarado de Plata fueron el ya anciano Gory Guerrero, Huracán Ramírez, también ya muy veterano y El Solitario, único joven y fuerte entre ellos.
   Rodolfo Guzmán refugió sus últimos días bajo los reflectores en actos de escapismo, enmascarado, en el famoso teatro popular de la ciudad de México, El Blanquita, donde casi falleció en el escenario, para morir unos minutos más tarde por un infarto al miocardio en el Hospital Mocel de la colonia Roma, el 5 de febrero de 1984. Un día aciago para el deporte mexicano: en Roma, la selección mexicana de futbol caía por 5-0 ante Italia, en juego amistoso.
   A diferencia también de otros superhéroes de ficción, invencibles e inmortales, este superhéroe mexicano era, igual que sus fanáticos y el pueblo que lo idolatraba, un ser vulnerable, susceptible de envejecer, enfermar y morir. Era simplemente humano, como todos...
   “Por eso, porque a uno le puede pasar cualquier cosa en la calle o en el ring, o en el automóvil o en el hogar, yo siempre oraba antes de salir a luchar y tenía una capilla en mi casa”, nos comentaba con enorme fervor en nuestra entrevista con él.

 Y se fue a la eternidad con su máscara de plata

Pero a pesar de que en enero de 1984 en un programa televisivo, “Contrapunto”, ante el conductor Jacobo Zabludowsky, El Santo se descubrió casi todo el rostro en forma sorpresiva, cumplió con su promesa de nunca perder la máscara. Y con su máscara se fue en el féretro aquel que lo condujo hasta su morada actual en Mausoleo del Ángel, el panteón donde reposa al sur de la ciudad de México, a donde otro grande llegó a hacerle compañía en 1986: el cineasta y actor Emilio “Indio” Fernández.
   Recordaba años después su viuda, Mara Vallejo Badager, segunda esposa de El Santo: “Cuando lo enterraron llevaba puesta su máscara, la convirtió en su propio rostro; claro que sí, el día que murió lo que más me preocupaba era no llevar una máscara, no pensé en eso, de inmediato fui a mi casa. No dieron la noticia de su muerte hasta que tuvo puesta su adorada máscara”.
   Su hijo menor, Jorge, le sucedió en 1982 en la continuidad de la llamada leyenda plateada dentro de la lucha libre y el cine, como El Hijo del Santo, personaje que lleva ya 36 años como luchador profesional activo y que tampoco ha perdido la máscara. Y quien en 2016 presentó al nuevo heredero de la dinsatía: su hijo y nieto de El Santo, quien lucha ya como El Santo Jr.