“Yo no conocí en mi infancia  
sombra, sino resolana.
Cada ventana era sol 
cada cuarto era ventanas”.
Fragmento de la poesía El Sol de Monterrey.
Alfonso Reyes, 1932.

Por Francisco Ortiz Velázquez
Crónica Norte / Latitud45
MONTREAL.— Aquí, en una lejanía hueca, unas veces con sol y la mayoría con frío, sus palabras suenan más fuertes que nunca. Saben a nostalgia por el sol de la patria, se impregnan más en el alma. Se degustan con los ojos cerrados.
   Así ha ocurrido para muchos, hace unos días, en el Instituto Cultural de México en Montreal, del consulado mexicano, este espacio que se llena de luz de poesía y vivos recuerdos con el homenaje a uno de los más grandes poetas, escritores, narradores y educadores de México de los últimos dos siglos: Alfonso Reyes Ochoa (Monterrey, 1889 - Ciudad de México, 1959). A 130 años de su nacimiento y a 60 de su partida.

Alejandro Estivill Castro, cónsul general de México en Montreal  / Foto: Crónica Norte

   Un vivo recuerdo suyo en cada verso o referencia que hacen quienes interactúan en esta reunión y el público presente: Omar Alexis Ramos, organizador y conductor de la tertulia; Gabriel Peña Tijerina, Paola Acosta, Gloria Macher, Víctor Santos, Alfonso Franco Tiscareño y por supuesto los anfitriones: Alejandro Estivill Castro, cónsul general de México en Montreal y Remigio Valdés de Hoyos, director del Espacio México / Montreal. Un banquete literario aderezado al final por la trova de Lalo Orozco.

La arquitectura emocional y la emoción de la arquitectura de las letras

Gabriel Peña Tijerina / Foto: Crónica Norte

El creador Gabriel Peña hace un extraordinario vínculo entre Alfonso Reyes y el arquitecto, poeta y artista plástico Mathías Goeritz. En una dimensión donde confluyen y se complementan las artes plásticas, las escénicas y las literarias, al presentar en el Espacio México un plafón amarillo que estimula a pensar en el sol omnipresente, a la vez de una piedra de oro arrancada de la orografía oaxaqueña, para mostrar tal y como el Manifiesto de la Arquitectura Emocional plasma este concepto en el Museo Experimental del Eco, creado por Goeritz en la ciudad de México.

Foto: Crónica Norte


   “Reconectar con las emociones a la arquitectura, pues todos somos parte de ella; sin nosotros, es solo infraestructura”, afirma Gabriel Peña en diálogo público con Omar Alexis Ramos.
   “Es la manera como se une lo humano con la arquitectura cósmica, el sol: necesitamos esa conexión entre lo macro y lo micro”, reafirma.
   Es por eso que Luis Barragán, citado por el cónsul Estivill como “un ícono de la arquitectura en México”, califica a Goeritz como un “arquitecto emocional”. (Ambos, Barragán y Goeritz tienen en Las Torres de Satélite —1958— su máximo y más popular emblema escultórico y arquitectónico).
   Enseguida, Omar Alexis Ramos, poeta, escritor, dramaturgo, recita la bella poesía de Alfonso Reyes, El Sol de Monterrey:

“Cuando salí de mi casa
con mi bastón y mi hato,
le dije a mi corazón:
—¡Ya llevas sol para rato!”.

Omar Alexis Ramos / Foto: Crónica Norte

 

“Negarse al mole es casi como traición a la patria...”.

Más adelante y gracias a la magia del video, el cronista Víctor Santos envía a esta reunión en Montreal una sabrosa crónica de lo que el maestro Alfonso Reyes dejó sazonado como homenaje al arte culinario mexicano, en su obra “Memorias de Cocina y Bodega”, donde, en el Descanso No. XIII, Reyes desgrana palabras, semillas y recetas.

Víctor Santos, cronista

   Y Alfonso Reyes, en boca de Víctor Santos, llega hasta el mero mole: el de guajolote:
   “El mole de guajolote es la pieza de resistencia en nuestra cocina, la piedra de toque del guisar y el comer, y negarse al mole casi puede considerarse como una traición a la patria. ¡Solemne túmulo del pavo, envuelto en su salsa roja-oscura, y ostentado en la bandeja blanca y azul de fábrica poblana por aquellos brazos redondos, color de cacao, de una inmensa Ceres indígena, sobre un festín silvestre de guerrilleros que lucen sombrero faldón y cinturones de balas! De menos se han hecho los mitos. El mole de guajolote se ha de comer con regocijo espumoso, y unos buenos tragos de vivo sol hacen falta para disolverlo. El hombre que ha comulgado con el guajolote —tótem sagrado de las tribus— es más valiente en el amor y en la guerra, y está dispuesto a bien morir como mandan todas las religiones y todas las filosofías...”.
   Y de la sabiduría culinaria de Alfonso Reyes, se  desprende la más completa receta del mole de guajolote.

 La Melancolía del Viajero: de Ulises a nuestros días

Luego, los vaivenes de este océano de palabras nos llevan de la mano de Paola Acosta hasta los 17 mares que navegó Ulises, para traernos La Melancolía del Viajero, narración poética de Alfonso Reyes, que a los inmigrantes nos trae la insospechada contradicción de extrañar por partida doble: a la tierra nuestra que dejamos cuando nos fuimos o a la tierra extranjera que dejamos cuando regresamos.
   Como la de Ulises al regresar a Itaca: “Cómo olvidar las canciones de las sirenas (...) Ese deseo de volver a la pecadora isla de las canciones”.

Paola Acosta / Foto: Crónica Norte

 “Escribo porque vivo” 

En una segunda video-conferencia presentada durante este homenaje, nos habla Alfonso Franco, comunicólogo egresado de la Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco. Y se refiere a la narración de Alfonso Reyes: ¿De qué escribo? Y de ahí atrapamos con nuestra pluma-anzuelo, varias frases sueltas, como peces que dibujan un cardumen:
   El plan es arrastrar la pluma por el papel. Aportar a la armonía del mundo, que no sea solo un vil panfleto...
   De lo que puede escribir un escritor. La escritura como arte. La literatura: la narrativa de la vida misma con todas sus complejidades. Se escribe por amor a los demás y por amor a uno mismo.
   Y entonces surge la vena periodística perenne en Alfonso Reyes: Porque hay que contar lo que está pasando.
   Escribo como un moderno Adán frente a las bestias, poniendo nombre a todo, porque sin nombres, nada es. Escribo porque vivo...
   Y sin entrecomillar, parafraseamos y hacemos nuestras estas palabras.

Alfonso Franco, comunicólogo

Amapolita morada...

Invitada también, Gloria Macher, poetisa peruana “mexicanizada” en el amor universal a Alfonso Reyes, declama Glosa de mi Tierra. “Amapolita morada... Cuando el que se va teme no encajar a su regreso”.
   Versos e inspiración que acaso impregnaron a las tradicionales “Mañanitas” mexicanas. O viceverza: La “Amapolita adorada de los llanos de Tepic / Si no estás enamorada, enamórate de mi” —cuyos arreglos musicales se atribuyen a Manuel M. Poce en 1914—, es en Alfonso Reyes otra “amapolita”, según dicen los labios y la lectura de Gloria Macher:

 “Aduerma el rojo clavel,
o el blanco jazmín, las sienes;
que el dardo sólo desdenes,
sólo furia el laurel.
Dé el monacillo su miel,
y la naranja rugada,
y la sedienta granada,
zumo y sangre —oro y rubí—;
que yo te prefiero a ti,
amapolita morada”.

Alfonso Reyes, Madrid, 1917.

Gloria Macher / Foto: Crónica Norte

 Buen viaje a Francisco Toledo

Para no dejar morir esta tertulia antes de tiempo o para matar el tiempo antes del tiempo de  la trova, Omar Alexis Ramos “acribilla” a la audiencia con otro poema de Alfonso Reyes: “Morir”, éste, dedicado al artista plástico, gráfico y activista mexicano, Francisco Toledo, fallecido la víspera de esta reunión y a quien Omar desea: “Que tengas un buen viaje”.

Lalo Orozco: “Nadie supo escribir nada...”

El movimiento jaranero en Montreal se ha nutrido de la experiencia y trovas de Lalo Orozco, que llega al Espacio México jarana al hombro y dispuesto “A lo que te truje...”.
   Aprovecha Omar Alexis para lanzar otro “comercial cultural”: 27 de septiembre, aquí mismo, lecturas de poemas de Amado Nervo.
   Y Lalo Orozco se suma a la despedida: “P'al maestro Toledo”. Y arranca de su ronco pecho: 

 “Dicen de mí / 
que yo soy un libro abierto / 
donde mucha gente ha escrito / 
No hagas caso nada es cierto.
En blanco está / 
Nadie supo escribir nada / 
No dejaron ni una huella / 
Nadie me importaba nada”. 

Libro Abierto, del poeta del rancho y “Amigo del Pueblo”, Gerardo —casualmente también— Reyes.

Lalo Orozco, trovador

“Son canciones del pueblo que he aprendido en las pulcatas”, explica sonriente Lalo Orozco, para enseguida interpretar, “del maestro Agustín Larín” (Agustín Lara): Piensa en mí.
   Y le piden “otra, otra”. De esas que dice Lalo Orozco, “son de mis tiempos de obrero, de los fines de semana de cervezas y cantinas”.

— De bohemia – Corrige Omar Alexis.
— De borracheras...
— De bohemia – Insiste aquel.

Finaliza el trovador con una canción cubana: 20 Años. “Aunque tú, me has dejado en el abandono...”.
   Así se ha exhumado, desde la Rotonda de los Hombres (y mujeres) Ilustres, la memoria de Alfonso Reyes, que nunca muere. Y se ha traído a esta ciudad, donde la poesía y las letras disuelven nieve, fríos y sinsabores...