Director: Alejandro González Iñárritu

Estados Unidos, 2014

Ganador de cuatro premios Oscar: mejor película, mejor director, mejor guión original y mejor fotografía (Emmanuel Lubezki)

Premio Gotham a la mejor película, Premio Gotham al mejor actor.

Reparto: Michael Keaton, Emma Stone, Edward Norton, Andrea Riseborough, Zach Galifianakis, Naomi Watts, y Amy Ryan

 


 Reseña fílmica  por Joaquín Alba http://luzfilmica.wordpress.com/

 ¿De qué tamaño es nuestro ego? y ... ¿qué tan demandante es ese ego? ¿puede ser en algún momento más grande que nosotros mismos? ¿puede ser, por si mismo, nuestro motor para crear cosas realmente extraordinarias?

   ¿Se ha puesto usted a pensar alguna vez querido lector... cuanta necesidad tenemos de ser reconocidos? y no solamente de ser reconocidos, sino reconocidos por algo extraordinario, por algo realmente sobresaliente... en sintesis, que alguien nos diga que somos superiores en algo en algún momento.

    Riggan Thomson (Michael Keaton) es un buen actor, lo sabe y lo siente pero no ha conseguido que nadie se lo diga sin asociarlo con Birdman su celebre superhéroe extraído de comics y del cual su saga de películas lo hicieron triunfar por lo que nadie piensa en él sin pensar automáticamente en el personaje. Riggan está harto de esto y decide montar una obra de teatro que pretende que sea trasgresora y mediante la cual sea él mismo el admirado y no Birdman su personaje y que tanto la crítica como el público queden impactados con ella. De ese tamaño es su ego, de ese tamaño es su necesidad de reconocimiento.

   El director mexicano Alejandro González Iñárritu (Amores perros, México, 2000), se retrata y refleja en la pantalla su búsqueda propia de este reconocimiento, nos hace sentir el peso de aquella voz interior que muchos hemos tenido restregándonos constantemente el desperdicio de nuestra vida pero que a la vez nos impulsa o nos hace pelear contra ella. Tanto el director del film como el director de la obra de teatro buscan lo mismo y se valen de lo que saben hacer para conseguirlo.

   De entrada se le agradece a González Iñarritu el ejercicio fílmico de rodar la cinta en lo que pareciera un largo e interminable plano secuencia y digo que se le agradece porque el estilo narrativo de historias entrecruzadas lo había desgastado hasta el cansancio en las cintas que siguieron a Amores perros, 21 Gramos del  2003 y Babel del 2006 y con las que pretendió hacer una trilogía de reflexión sobre la condición humana y con la cual agotó cualquier gusto que nos pudiera quedar sobre la narrativa de armar rompecabezas. Es cierto que ya había experimentado con la narrativa lineal con Biutiful del 2010 pero sin mucho éxito dándonos una cinta de historias de situaciones límite pero carente de fuerza.

   En Birdman dicha narrativa funciona sólo parcialmente,  apoyándose fuertemente en el ritmo de la cinta el cual esta dictado por la sucesión de secuencias narrativas enriquecidas por el movimiento de cámaras propositivo de Emmanuel Lubezki que a su vez descansa sobre el diseño sonoro de Martín Hernández  y que durante el transcurso de la historia insertan detalles de ambientación y buen gusto  como la intermitencia a modo de coro griego de los fondos de batería y apariciones súbitas de Antonio Sánchez quien compone la música original y que nos hacen recordar que esta lucha desesperada por los aplausos se lleva a cabo en el mismo Broadway.

    Es sin duda alguna la inclusión del equipo Lubezki, Hernández, Sánchez, todos mexicanos, el gran acierto de la propuesta estética de la obra.

   La reflexión sobre la creación artística por sí misma es demasiado sencilla ante un universo teatral infestado de esnobismo y materialismo que busca únicamente fantasía y  efectos que mantengan atrapado al espectador estándar, mostrando esto en el momento memorable del diálogo entre Ema Stone y Keaton sobre la ignorante sociedad a la cual va dirigida su obra y que terminará siendo la inesperada virtud que le conceda el tan anhelado triunfo. El trabajo actoral alrededor de la obra resulta ser el mismo que el que se está llevando en la pantalla un trabajo histriónico que resulta de poner al actor y al personaje al filo del límite de su histeria interpretativa, Keaton, Norton y la misma Stone sostienen secuencias completas que nos convencen de creer en su trabajo.

   La mirada que la cinta le da a la crítica especializada, ya sea teatral, cinematográfica, literaria o de cualquier índole resulta impactante retratándola como aquel monstruo enorme que no tiene nada que perder y que destroza y devora, los criticos mostrados como artistas frustrados que nunca pudieron ser como quienes critican (cineastas, escritores, actores) pero que sí tienen el arma exterminadora que puede derrumbar todos los esfuerzos de un hombre que ha puesto todo hasta financieramente en una obra artística o que pretende serlo.

   Al final de la cinta Riggan y Alejandro, siguen allí, siguen en el intento de crear alguna obra maestra que los consagre entre los grandes. Y sí, lo lograron... Alejandro levantando un Oscar, mientras Thomson parece haberlo conseguido también, y vuela de regreso a la comodidad del Birdman que nunca dejo de ser. De esta manera, vemos como Iñarritu después de varios filmes inconsistentes ya pudo convertir de manera inesperada toda la ignorancia de Hollywood en una virtud a su favor.

   Es por Birdman o (La inesperada virtud de la ignorancia)... que el cine es mejor que la vida.