Por Francisco Ortiz Velázquez

Sonríe un tanto sorprendido. Entre las banderas agitadas durante el desfile de la Independencia de Grecia, en Montreal, sale disparada la pregunta de un periodista hispano: Justin Trudeau, primer ministro de Canadá responde a Latitud45.

   "Sí, la inmigración seguirá sin detenerse porque es lo que ha hecho más grande a Canadá. Es parte de los valores fundamentales de nuestro país y pilar de nuestro crecimiento y nuestro desarrollo", afirma, breve, entre recelosos "guaruras" (guardaespaldas) que exigen al reportero subir a la banqueta.

   “¿Participar en este desfile, el día de la Independencia de Grecia? Un honor, muy alto, como siempre al participar en los actos importantes para cada comunidad que representa la composición multicultural de Canadá. Estoy feliz de estar aquí", se despide Trudeau.

   Camina rápido estrechando manos a destajo, mientras se aleja afirma que el número de inmigrantes a este país crecerá “pero con responsabilidad, ya que es parte de nuestro futuro y  fundamental para nuestro crecimiento”.

Más educador que político

El primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, en funciones como tal desde el 4 de noviembre de 2015, gusta de ver directo a los ojos a su interlocutor: estudia el entorno, escucha bien las preguntas, sonríe afable y da el apretón de manos, más que como político, como maestro que asienta con la cabeza la respuesta correcta.

   Será porque más que político Justin Trudeau (hijo del que fuera primer ministro de Canadá en los años 70s y 80s, Pierre Elliot, reconocido como el reformador de este país y quien lo lanzó a la modernidad) es más bien educador: Su profesión no es la política sino ha sido la de impartir conocimientos en las aulas. Primero como profesor de francés, para luego graduarse en literatura inglesa y finalmente obtener la licenciatura en educación por la Universidad de la Columbia Británica.

   Pocos estadistas tan educados como él asoman hoy por entre el concierto político del mundo y particularmente de América del Norte (con un presidente de México casi iletrado y uno estadounidense entronizado por su fortuna, el juego político y la intolerancia racial), Justin Trudeau siguió su vocación por la enseñanza, en lugar de abrazar de inmediato la demagogia  y la mentira (herramientas principales del hombre como “zoon politikon”, tal como lo concibe Aristoteles). Justin deja de lado la palpitante vocación de su padre, para enrolarse en las escuelas y enseñar francés y matemáticas en la academia del West Pont Grey, en Vancouver.

   Pero antes viaja por el mundo y conoce culturas, vidas, historias y corazones distantes: España, Francia, Sahara, Marruecos, Rusia, Benin, Vietnam, China, Tailandia... El futuro primer ministro de Canadá se educa en las lides y vericuetos de la integración y el multiculturalismo. Atinada estrategia: una década después, aunado a su carisma y su posteriormente desarrollada agudeza política, todo eso lo lleva al primer ministerio de Canadá, país que no se concibe construido sin los millones de inmigrantes venidos de todo el mundo.

   Establecido ya en Montreal se gradúa como ingeniero en la Universidad de Montreal y obtiene una maestría en geografía medioambiental por la Universidad McGill. Hasta que cierra el círculo y en el funeral de su padre, de hecho, ingresa a la política y deja las aulas por un estrado en el seno del Partido Liberal.

Discreta camisa color de rosa

Ríe franco, carismático, sin la odiosa sonrisa estudiada de los políticos mexicanos o de los dictadores mundiales. Tira un poco de sudor para oler a pueblo, pero el gesto de Justin se nota sincero o al menos el teatro helénico le ha rendido sus frutos. 

   Se agacha, besa y abraza a los niños, camina rodeado de banderas y gente deseosa de estrecharlo. Acaso su mejor apuesta política es que se compromete, pero no promete. Y envuelve su compromiso en participación y presencia militantes: fue el primer ministro canadiense en participar en la marcha del orgullo gay, el 7 de abril de 2016, ataviado con una discreta camisa de tenue color de rosa.

   “¿Por qué un primer ministro no podría hacerlo? No debería ser gran cosa que el primer ministro esté participando en una marcha del Día del Orgullo Gay”, dijo entonces Justin Trudeau a los medios.

   Hoy esa militancia, prestancia y activismo ciudadano lo han convertido durante casi dos horas en otro inmigrante griego que baila al estilo de Zorba, manotea el puño siniestro envuelto en tres banderas (la griega, la canadiense y la quebequense) y grita ufano el saludo griego: “¡Syncharitíriaaa (Felicidades!)”.

   Trudeau participa al lado de otros 30 mil inmigrantes, ciudadanos canadienses y curiosos, en el desfile que conmemora el 197 aniversario de la independencia griega del yugo del imperio otomano, allá en 1821, mismo año de la liberación de México, Centroamérica y otros pueblos latinoamericanos del dominio español.

   El también jefe del Partido Liberal, camina seguro, confiado por la avenida Jean Talon Oeste, repartiendo saludos, sin muchos guaruras al lado. Cruza por la avenida Parc del lado norte de la acera y entra al corazón de este barrio multicultural y multilingüe, Parc Extension,  producto de la fusion de inmigrantes griegos, hindúes, italianos, haitianos, arabes y hasta mexicanos y latinoamericanos diversos.

   Hijo del nuevo padre de la patria de Canada, Pierre Elliot Trudeau, quien estableció el federalismo, el bilingüismo y el multiculturalismo en este país, Justin parece gozar realmente del roce y convivió con los inmigrantes de todas las razas y credos. Abre los brazos, sonríe como niño, entrega la palma abierta.

   Disfruta Trudeau este Domingo de Ramos soleado, domingo maravilloso en Montreal... Ya tendrá oportunidad de cerrar los puños cuando regrese a Ottawa para enfrentar a la oposición, a los conservadores y acaso a las amenazas de la Casa Blanca por desarticular la renegociación del NAFTA (Tratado de Libre Comercio de América del Norte, con Estados Unidos, México y Canadá)

   Ahí ya no habrá tantas sonrisas ni banderitas multicolores...

 

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“Nuestro futuro depende en gran medida de nuestra capacidad para atraer a personas con talento de todo el mundo. Nuestra diversidad no es sólo una fuente de beneficios económicos y sociales. Y tomando en cuenta el envejecimiento de la población de Canadá, la inmigración es fundamental para nuestro crecimiento económico a largo plazo”. 

                                                              Declaración política del gobierno liberal, que señaló en su momento, que su política hacia los refugiados e inmigrantes que llegan a Canadá, se diferenciaría del anterior gobierno conservador de Stephen Harper.

 

 

“De un régimen político acusado de querer excluir a algunos inmigrantes y refugiados indeseados, los canadienses bajo el gobierno liberal de Justin Trudeau están pasando a un sistema de acogida más abierto pero también interesado en generar beneficios económicos a largo plazo para Canadá”.

                                                            Leonora Chapman, Radio Canada International.