Por Alij Anaya

Benque gruñó fingiendo un tono adulto que el tiempo no le iba a regatear. Cuando el calor y la humedad colada en las grietas y los muros de la calle le asaltaron la frente, rodeó el mural comunitario y la tanqueta para tomar un agua mineralizada de su tienda.  Minutos después comenzó a orinar justo en el límite del panteón y la secundaria. Lo hizo con calma y regodeándose de mostrar en público su placer. Tembló y se sacudió alegre y despreocupado frente a los padres y los soldados. Fascinada por la escena,  una muchacha clara y ágil de tercer año se acercó a palmearle la espalda. “Maqui”, se presentó clavándole la sonrisa en la frente surcada por la sorpresa y el sudor.

   Las bolitas de vainilla del helado resbalaron por su chazarilla hasta alojarse a la altura de su  ombligo. Benque juzgó que tenía libre el camino y comenzó a limpiarle la chazarilla. Maqui le dio un manotazo a su gorra, le apretó la nuca, se alzó la chazarilla y le hizo chuparla.  Otro joven aprovechó la distracción general para garabatear un tag en la tanqueta y los soldados reaccionaron corriendo desbocados hacia él.  Da Silva, que había asistido a entrevistar a profesorxs del colegio, disparó un par de fotografías antes de correr e intentar sumarse a la rechifla de  la divertida y enardecida marea adolescente.

   Zigzaguearon entre las tumbas del panteón hasta llegar al riachuelo que dividía ese barrio de una zona residencial. Allí, Maqui y Benque continuaron avanzando entre la maleza hasta hallar un pequeño descampado. Se recostaron y esperaron a que la agitación y el vértigo quedaran atrás. “¿Por qué no usaste la lengua?”, reprochó Maqui tan pronto lograron contener las carcajadas. “¿Se la cortaron los patrones? A ver sácala”. “¿Cómo así?”, se asustó Benque. “Pues así”, insistió Maqui y comenzaron a saborearse ansiosos, frágiles e irreverentes.

   Horas después Benque caminó de nuevo hasta tener otra vez frente a sí a la tanqueta. Esta vez decidió hacer su boxeo de sombra frente a ella y agregó además una serie de lagartijas y abdominales a la rutina. En algún documental pilló a un man parecido a él hacer boxeo de sombra en la plaza del barrio antes de darle a la chamba. Juzgó que ambos parecían calcas del lateral derecho del Barcelona. En la pantalla un grupo de jóvenes comía sancocho y oteaba atento el horizonte de ladrillos, armas, mujeres y metrocables.

   En esa azotea de Itagüi, con la respiración entrecortada pero un tono de voz más viejo y amplío, el man remataba el documental secundando la frase del antropólogo de Popayán parchado con ellos. “Dios es una sustancia”, decían mientras masticaban la pierna de una gallina. Aquí, Benque tuvo la ocurrencia de añadir al boxeo un movimiento en el que juntaba sus rodillas con el estómago en un par de saltos breves y veloces, justo como si estuviera a punto de saltar a un campo de futbol.  Entonces hizo un sprint hacia la entrada de la secundaria, al llegar cambió el ritmo y, con toda calma, pintó “Maqui, tu sonrisa me apendeja” en la reja. La noche cayó en el barrio y el volcán comenzó a expeler cenizas.

   Durante la última década la furia ya era parte del aire. Da Silva volvió a Ciudad Primera preocupado por lo que él consideraba el final de su tierra. Hace años Da Silva divulgó la división de la nación pactada en un rancho de Belem entre militares, empresarios y políticos de masas en turno. La furia será de nuevo parte del aire, ofreció esta frase inicial en aquella entrevista decisiva. Promesas y amenazas peleándose el espacio, lo mismo de siempre, rumió Da Silva en su cuarto al recordar su mañana. Entrelazó sus dedos en el cabello de Leticia y los apretó suavemente.

   Le gustaba vivir allí por sus vecinos. En Punta Diamante hallaba la mezcla de vulnerabilidad  y decadencia que necesitaba para sobrevivir y en el centro cultural se hacía creer que valía la pena enseñar historia y dictar talleres de producción sonora. Da Silva hallaba la inspiración para escribir la editorial de cada día a esas alturas de la noche, mero cuando los jadeos, las trompetas de la orquesta juvenil del centro cultural y la combustión de los motores quemando la autopista competían entre sí.

   Cuando Leticia despertó, por un instante creyó que tenía consigo a la adolescente de esta mañana. Aún ajado y un poco descuidado, el cuerpo de esta mujer era igual de atractivo: de pronto un día, entre una ciudad y otra, Da Silva reconoció que había superado aquel tiempo en el que negaba que una mujer podía ser todas las mujeres. “Pareces amapolita sembrada al amanecer”, le cantó en la mente pero se quedó inmóvil. “Gracias por hacerme un campito, ahí nos miramos la otra semana. ¿Vas a querer chalupas?”, Da Silva aceptó con una seña, se trepó a la red y envió su texto. Leticia regresó a su caserío entre las montañas y las cascadas del norte de Guerrero y Da Silva entró al punta diamante a servir tragos, acompletar la quincena y programar reggaetón.

   “Esta furia arcaica es diseñada”, trazó así con los restos de la ceniza amanecida en esa periferia de la ciudad el parabrisas de la Ford Lobo apocada en la entrada del hotel. Quería chapulines pero se conformó con una guajolota. Antes de aquella entrevista solía comerlos al despertar para arrancar el día con una sensación ácida y salada. Ahora sorbía  atoles y café imaginando que aún podría lamer los senos y la entrepierna de Leticia. Al terminar de mordisquear el tamal de dulce tuvo ganas de regresar a la secundaria del otro extremo de la ciudad. Ya iba a tomar camino cuando otra camioneta arrojó cerca de él los últimos muertos de esa noche en la Unidad Morelos.

   Sacó su grabadora de mano para registrar las primeras reacciones de la gente: murmullos, miedo y desconcierto pero, también y pronto, costumbre y cotidianidad. El sonido de la violencia. Cuando chillaron las sirenas, los gritos para vender comida y conseguir transporte ya se habían reapropiado del lugar. Descuidado, un niño con uniforme a cuadros y mochila de gokú divisó los cuerpos arrojados cuando los tenía casi a sus pies y tuvo que saltar rápido entre uno y otro para no tropezarse. Su abuela lo regañó pero su madre elogió su agilidad. En menos de cinco minutos, la bola de gente y los murmullos se deshicieron cuando todxs corrieron hacia el Lasser que logró maniobrar para estacionarse en la única esquina libre del crucero.

   En su paso por Ciudad Primera rumbo a la periferia norte, al pasar por el jardín central escuchó clara una frase escondida, nítida y vergonzosa. Encendió la grabadora y repasó ansioso las entrevistas de un día antes en su búsqueda. Halló la frase perdida detrás de la voz en primer plano del director de la secundaria: “más vale vivir arrodillados que morir encobijados”. Herido, intentó repasar las imágenes de lxs trabajadores y alumnxs que habían entrado a la dirección cuando hablaba con el responsable de ésta.  Recordó a la profesora de primer año, al maestro de educación física y,  perdida en el reflejo del nicho que escondía la bandera nacional, la muchacha risueña que provocó la algarabía de ayer al hacerse chupar el vientre frente a los soldados.

   Da Silva decidió entrar a la tienda de Benque tras esperar dos horas a que los cabos salieran de ella. Buscó un latón de cerveza oscura, sacó de su morral una tableta y comenzó a escribir frenético sobre el monitor. Delineaba con la yema de los dedos varias letras mayúsculas que llenaban todo el monitor y después oprimía un icono de play que traducía a una voz gruesa y uniforme todas sus anotaciones. Las primeras carcajadas de Benque casi lo hicieron doblarse en el piso. “No la chingues, compa; por lo menos no suena como la voz española del GPS”, logró decirle. Luego le arrebató la cerveza  y, a cambio, disolvió un par de pastillas en un vaso de agua mineral y le indicó que lo tomarían afuera.

   “¿Sabes que Dios es una sustancia?”, inició la charla Benque. De eso va esta pintura, chécala  bien, le indicó el mural comunitario detrás de la tanqueta. Pero nomás no te claves: estos  milicos soportan todo menos que les mantengas la mirada mucho tiempo, señaló directo al soldado que se asomaba por la escotilla de la tanqueta y le pintó huevos. Da Silva sintió un sudor frío correr por la espalda y de repente escuchó nítido el martilleo de las olas golpeando el peñasco de Belem donde aquel par de agentes le cercenaron de un tajo media lengua. “¿Puedo grabar tu voz?”, escribió lento en el monitor de su laptop.

   “¿Entonces estos son los empleados de los meros meros ganones de Sonora?”, preguntó después Benque cuando vieron a la tanqueta tomar rumbo hacia la reja de la secundaria para estrellarla. El mural quedó descubierto frente a ellos y pronto tuvieron frente a sí todos los gritos y todos los colores, las nubes rotas, los cuerpos corriendo, todos los dioses y todas las sustancias, el volcán observándolos y las cenizas envolviéndolos. “Es que es demasiado el vacío, ¿no crees?”, logró reaccionar Benque tras varios minutos de estupor. La secundaria casi se había quedado desierta pero Maqui aún lo esperaba en el otro lado de la cuadra con una sonrisa comprensiva y cómplice. “Su sonrisa me apendeja”, dijo Benque -eludiendo el tono adulto que el tiempo no le iba a regatear- y corrió hacia ella olvidando por completo a Da Silva.