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 Por Lorein Valencia

Hablando de amor, puedo decir, con algo de pena, que sí me han roto el corazón ya bastantes veces, ¿será que quizá todos los hombres son unos patanes? o ¿será que uno mismo busca la forma de romperse el corazón?

    Era miércoles a medio día, soleado, fresco; generalmente voy corriendo a todas mis reuniones, cosa en la que pronto, o algún día, trabajaré. Había decidido no arreglarme tanto, unos jeans casuales, flats, como si fuera a dar la vuelta al parque. Tomé un taxi, pues mi aplicación me mostraba tarifa dos veces más alta que la de costumbre. No soy pudiente, soy impuntual.

    Victor, “pero sin acento”, me reiteró, tenía aproximadamente 70 años. Dudé en preguntarle su edad, a veces la gente pone un escudo cuando se los preguntas, así que tomé de referencia su cabeza canosa, sus dientes gastados (los que aún quedaban) y su piel flácida, como vela. Quise creer que esa sería su edad. “Sí, Victor tiene 70 años”.

    Me llevaba camino a mi cita de negocios en su taxi; era lo poco que le quedaba como patrimonio pues, a su edad, ya sólo lo usaría para cubrir sus gastos personales. Yo pensaba, ¿cuántas personas han sido beneficiadas con el ingreso que genera este viejo taxi?, mientras volteaba a todos lados del interior del auto, mirando lo sucio y gastado que estaba; era de esos taxis que ya huelen a viejito, a polvo de años, a Sol, a trabajo. Cuando le empecé a hablar de mi artículo sobre el amor, él sólo volteó hacia mí, al asiento de atrás, me regaló una sonrisita con la que me agradecía por haberle hecho recordar algo muy especial, y con sus ojos verdes fijos en mí me hizo  la primera pregunta: “Señorita, ¿para usted qué es el amor?”

    Al cabo de unos minutos de tratar de explicarle mi definición, era mi turno de saber la suya, y él, con mucha seguridad, me refirió: “Amor es quererse a uno mismo”. No denotaba duda alguna de su definición, su voz había sido firme a la hora de decírmelo, y pensé que quizá por la edad Victor ya no pensaba en novelitas de amor y poemas cursis. A veces eso pasa: de tanto trabajo uno se olvida del amor. Unos cuantos minutos faltaban para llegar a mi destino, en las calles del sur de la Ciudad de México, y para mí había sido muy claro su concepto del amor. Victor había tenido cuatro matrimonios: el primero, había estado locamente enamorado, pero sólo por un año, pues a los  cinco días de dar a luz al fruto de su inmenso amor ella falleció. Su segundo matrimonio estaría lleno de infidelidades por parte de la dichosa esposa, “sólo un par de años no lo quise ver, después nos divorciamos”. Su tercer matrimonio, bueno, en realidad sólo habían vivido juntos por poco más de cinco años, había sido una relación agradable, pero carente de deseo carnal, “casi como una hermana, tuvimos que dejarnos”. Y el cuarto, ése que duró más de 20 años, ése que disfrutó más, también había terminado, pues por segunda vez, desde hace 10 años, Victor era viudo.

     No, Victor no tiene 70 años. Ahora que lo pienso Victor tiene 60, y seguramente se casó a los 20. Y no tengo duda alguna que el amor lo ha llevado hasta donde está ahora, pues a pesar de sus malas experiencias, él se siente bien. Es ese amor que uno sí puede controlar, ese amor que no se tiene que mendigar. Ese mismo, al que tanto los pudientes como los impuntuales llamamos “autoestima”.

(Continúa en el blog http://souvenirdamour.com/)