Este es un cuento de un amigo tratamundos, cuyos sueños lo llevan a caminar por senderos lejanos. Su sensibiliad le permite descubrir realidades ocultas y nos las transmite a través de letras. Lo invitamos a descubrirlo en su blog.

Por Alij Anaya

Avanzábamos con el viento gélido arañándonos los rostros y amarrándonos el rastro. Al iniciar el año comenzamos a desplazarnos por la cara sureste del volcán para esquivar los brotes de campamentos civiles y militares recién surgidos. Al final de cada trayecto los mayores echaban sueño para masticar y hallar en ellos qué rumbo habríamos de tomar cada día. En una cueva cercana a Ozumba, cuando Malí contó que había soñado con hombres de verde tazando a mordidas los senos y los muslos de nuestra madre, lxs abuelxs decidieron que estábamos listxs para dejar la aldea.

Cipriano concluyó la discusión hirviendo hojas de salvia y colorín para luego leerlas en un ritual. Nos ordenó mascarlas y se dejó guiar con el color ocre olivo de nuestros escupitajos. Cuando aseguró que era buen augurio que el tono fuera parecido al del uniforme de los soldados que vigilaban el desplazamiento, nuestra madre protegió por instinto su pecho. Con el movimiento quedé volando unos segundos en el aire antes de maromear para caer ovillado sobre la tierra. Al levantarme amagué con saltar de nuevo hacia Matiana, pero me decidí por buscar la mano de mi hermana mayor. “¿Sí ven? Ya es hora de que se arranquen a caminar”, aprovechó la escena Cipriano para encaminarme con Malí.

Montaña abajo, bordeamos la hoguera encendida a la entrada de la mancha gris oliva del campamento. Completamos el descenso con los primeros rumores del amanecer. Un brazo firme emergió de lejos entre la neblina para quebrarla e indicarnos con un gesto que nos acercáramos. Poco a poco los gestos que nos guiaban de lejos se volvieron palabras y alguien nos ofreció entrar en una tienda de campaña. Los primeros zumbidos en castilla que escuchamos.

Montaña arriba, Matiana sintió una sacudida feroz en la parte alta del vientre. Dejó avanzar la hilera y aguzó el oído. Me escuchó clarito preguntarle cuál era la velocidad de los sueños. Subió su mano hasta su nuca y comenzó a masajearla.  Quizás le pesaba en esa parte del cuerpo no saber cómo responderme. El dolor regresó a su vientre pero logró trotar lento para alcanzar la hilera. La marea de pies casi flotaba sobre las piedras y el lodo. El cansancio y el temor los alcanzaban y amenazaban cada vez más.

En el campamento los rayos del sol se filtraron por las ventanas de la tienda. Iluminaron el torso de un ingeniero y rebotaron en su colgajo de oro hasta concluir su recorrido en el rostro de Malí partido por el frío. En sus mejillas se delineaban finísimas grietas rojizas. Varixs ingenierxs respondieron su saludo con frases que creyeron  alusivas y de bienvenida. Alguien me cubrió con un cobertor que me quedó grande y alguien más me comparó con un mago ratón de una caricatura. Se escucharon carcajadas heladas y otra mujer se nos acercó con un par de tazas calientes.

Más tarde lxs ingenierxs encendieron sus computadoras y desplegaron sus planos sobre las mesas de trabajo. Fuimos relegados a la esquina de la tienda menos llena, justo la que estaba frente al único hombre que aún permanecía descansando en un catre. Allí, aún envuelto entre las cobijas, el hombre se descubría sólo para meterse polvo a la nariz.  Seguí observando indiferente el video del mago-ratón que me dejaron corriendo en una pantalla y Malí permaneció el resto del día mirando fijamente a ese hombre.

*

Matilde nos adoptó de inmediato. Por las noches se arrunchaba con nosotrxs en el sleeping y lanzaba patadas en la madrugada cada vez que alguna sombra se acercaba. En la penumbra la inmovilizaban asiéndole las piernas, luego la volteaban de un costado y, bordeando el límite de un supuesto juego, comenzaban a arañarle los muslos. Matilde recibía las caricias para evitar que ellas llegaran hasta nosotrxs, pero éstas avanzaban hasta que una noche llegaron hasta sus nalgas. Entonces reaccionó soltando un par de patadas antes de saltar del catre rumbo al quinqué de la tienda. Yo me deslicé por debajo de la cama y me quedé hecho un ovillo. Desde esa noche Matilde comenzó a destilar miedo y tuvimos que pasar los siguientes meses soportando su hálito de temor soplándonos de cerca al descansar. Aún así, solía esquivar el abrazo nocturno de Malí para intentar enroscármele un poco a Matilde. “¿Existe alguna explicación para el miedo y la valentía?”, le preguntaba a Malí después de deshacer los intentos por encontrar a Matilde.

Al finalizar el año la comunidad desplazada regresó a la aldea. Ahora se extendía ante ella un enorme tajo ceniciento de tierra arrasada y un boquete gigantesco que parecía querer devorarse todo lo que osara acercarse al filo de su enorme cráter. María recogió una flauta. Le quitó el polvo y Cipriano sopló los primeros acordes de un canto de despedida. A unos cuantos metros una fila de hombres uniformados los miraba. Pisaban ansiosos el suelo, removían sus botas y apretaban los puños. Sus rugidos  comenzaron a competir con el canto de la aldea y pronto lo arrasaron.

Observé desde el campamento la enorme pira de humo encendida a la mitad de la montaña. También llegaron ante nosotrxs los últimos ecos de gritos y cuerpos luchando. Matilde y el resto de los ingenierxs empacaron sus cosas y el resto de los empleados hicieron fila para cobrar la última nómina de la compañía minera. Malí corrió hasta la alambrada e improvisó el toque de un tambor con palmadas sobre diversas partes de su cuerpo. Aguzó el oído para detectar en qué momento soplar sobre el hueco de aire que formó entre sus manos y su boca para terminar la ceremonia de despedida.

Cuando los soldados regresaron buscó entre las mallas negras los ojos saciados y rabiosos del hombre que atacaba a Matilde por las noches. Al quitársela buscó el rastro de sus dientes en su nuca. Al encontrar la huella trazó algo entre la boca del guardia y su pecho. Los pocos que alcanzaron a ver el extraño movimiento hicieron estallar de nuevo una carcajada estrepitosa. Desde lejos Matilde desafió los gritos y las burlas para indicarle con un silbido que era hora de partir. “¿Qué fue eso?”, quebró después el pesado silencio que aplastaba el viaje de regreso a la Capital. Malí dejó pasar varios minutos y varios paisajes más antes de prometerle que después le explicaría todo.

“¿Cuál es la velocidad de las pesadillas?”, pregunté horas después trepado en uno de los tubos que atravesaban el cajón de la camioneta de redilas al entrar por vez primera a la ciudad

*

En los siguientes meses la respiración brusca de Matilde seguía recordándome el murmullo nervioso del volcán agitándose en las madrugadas. Ahora me apretujaba a Malí intentando encontrar detrás de su cuerpo a Matilde, pero  Malí se volteaba rápido y era ella quien terminaba recibiendo el abrazo con el que Matilde respondía adormilada. Salía decepcionado del cuarto hacia las otras habitaciones de la Casa-Hogar, aunque lograba percibir que el fondo de Matilde iniciaba siempre un trayecto que le dejaba descubiertas las piernas.

Prefería refugiarme en la habitación de Joel. Era la más pequeña pero también la que tenía mejor vista a la plaza. El ventanal tenía un fragmento de vidrio roto por el que se colaban potentes el frío, el olor a piedra y madrugada, los gritos perdidos de la violencia y, un poco más lejanos, los cantos agotados de los mariachis de Garibaldi. “¿Y, ahora sí la tocaste?”, me preguntaba Joel al verme aparecer en su pieza. Veía mis gestos aturdidos, encendía un viejo radio y preparaba un carrujo con frijol de mezcal violeta traído desde Guatemala.

Más tarde las brasas de un pequeño horno casero prometía los primeros panes del día. Desvelados, Joel y yo prendíamos los quemadores de discos y hacíamos la limpieza de un modesto laboratorio que en las siguientes horas surtía de sustancias el primer cuadro del eje central de la ciudad. A las seis Matilde y Malí acaparaban la cocina haciendo bulla hasta que pronto las alcanzaban allí Zeta, Taipei, Lunez y Favela, el resto de lxs habitantes de la casa. A las siete Zeta subía a la azotea a encender el transmisor oculto en una cubeta y el día comenzaba a dar batalla...

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