Este es un cuento de un amigo tratamundos, cuyos sueños lo llevan a caminar por senderos lejanos. Su sensibiliad le permite descubrir realidades ocultas y nos las transmite a través de letras. Lo invitamos a descubrirlo en su blog.

Por Alij Anaya

L despertó esa mañana en la puerta de la casa hogar con la boca hinchada, moretones en los brazos y una vieja y pesada máquina de escribir. Una chamarra de cuero en vivos verdes y rojos le cubría el rostro y parte de su pelo largo y enmarañado. Horas antes había conocido en una pulquería de Mesones a un holandés con el que recorrió varios centros nocturnos de la Roma hasta que los cascos azules los encontraron bebiendo mezcal en una fonda del mercado público de Balderas. Escuchó que a Monsels lo iban a llevar al cajero de 16 de septiembre, y a él lo golpearon pero no le revisaron bien las botas: L y yo volvimos a la Casa de las Adivinanzas -así hemos nombrado al refugio dónde nos alojamos todxs- después de un mes de esperar a Monsels en Puerto Escondido con lo que quedaba de sus euros.

Llegamos a la pieza de Joel con Estela, la doctora en Latinoamérica que conocimos en Mazunte. Nos gustaron los picos azules que envolvían sus pezones simulando un par de estrellas de mar, pero Estela no accedía a sacarse de nuevo la blusa. Nos pidió que la lleváramos al salón de reggaetón cercano donde el show lo daban adolescentes teniendo sexo en vivo en el segundo piso. Preferíamos llevarla a los Ángeles o al Califas, pero Estela no bailaba chévere salsa y cumbia. “Perrear es más fácil”, cortó la discusión.

De los tres –Joel, L y yo- era L el que le ponía más cuidado. Le festejaba que criticara la abyección de la ciudad y que dijera disfrutar el sabor de nuestra ruina y nuestra maldad. Nos citaba investigaciones antropológicas y a dos o tres cronistas, pero sólo L lograba seguirle el hilo de las historias. Incluso la acompañaba en sus juicios y sus explicaciones. Por eso habíamos recibido a L como unx más de la casa, porque nunca se cansaba de escuchar a la gente y echarle charla hasta más o menos haber tejido con ella algo en común.

En algún punto de la noche Joel abordó a lxs adolescentes que darían el show para armar un bisne, pero a la hora de la verdad Estela sólo se animó a nalguearlos frente a todxs. “Dale, mamita, méteselo”, le alcanzó Bryan un banano. “¡Órale morra, a ver a qué pinches horas!”, la regañó Danielle cuando el desmadre de la muchedumbre comenzó a transformarse en abucheos. “¡Las estrellas!, le gritábamos para salvar el show. Compasivo, L apareció detrás de ella, le sacó la blusa y comenzó a acariciarla. “Disculpa”, le dijo y luego la apretó fuerte cuando el reggaetón y los gritos no podían contener más la  euforia que Estela decía admirar o buscar en las entrañas del monstruo.

De vuelta en casa L se dejaba acariciar por Estela, a quien le había cambiado su  pesada máquina de escribir por una notebook.  Tecleaba frenético todo lo que recordaba de las poesías robadas por los cascos azules. Por lo menos trazos y fragmentos de ellas. También narraba veloz varias escenas sobre sus cotorreos en el sur de la ciudad, todo ello mientras Estela lo acariciaba y le pedía que tuviera calma. “¿Para qué tanta prisa?”, le preguntaba. “Todo lo bueno muere joven; si no es así se pudre en el olvido”, rasgó L así la madrugada. Joel y yo dejamos de saborear el humo de Guatemala e intuimos que algo estaría mal. L apenas percibió el sol que había barrido ante nosotros. Estela alcanzó a sobreponerse del relámpago e intentó domarlo: lo volteó hacia ella y le ofreció su mar, pero L agradeció con un murmullo apenas audible, acaso como si estuviera ahogándose.

*

En esos días me distraían los carrujos preparados por Joel y escuchar a la gente que L seguía llevando a la casa a beber y platicar, pero creía que nada valía tanto como saber qué se sentía estar dentro de Matilde y saber cómo medir la velocidad de los sueños. A pesar de las fiestas de los viernes y las cascaras en C.U. o en el Maracaná, la casa estaba dividida en tres grupos: los que buscaban cómo estallar, los que habían sobrevivido a ello, y los que flotábamos perdidos entre ambos grupos. Malí, Matilde, Lunez y Favela estaban en el primero, Taipei y Zeta en el segundo, y Joel, L y yo en el tercero.

Cuando se quedaba con nosotrxs, L solía tomar rumbo hacia el interior más bravo de la delegación. Lo hacía antes de que el volcán comenzara a distinguirse y tomara forma en el horizonte. Decía que tenía que arrancar los días entre Tapicería y Ferrocarriles, a dónde había llegado para terminar la tesis de la universidad y después se quedó convencido de haber hallado un lugar sagrado. Zeta lo acompañó algunas veces, cuando necesitaba equipo electrónico para reparar el transmisor. Incluso lo acompañó Taipei, que antes sólo salía de la casa los sábados para surtirse de películas en el Chopo.

A finales de abril, cuando volvíamos de dejar a Estela en la Meche para que tomara su bus bara bara a la Ribera, L saludó en la entrada del metro candelaria a una mujer con cara de galleta y el cabello muy rizado, alborotado y oxigenado. Nos disparó una pancita y al final nos dio de pilón unos hongos de la Huasteca. “Para sus quesadillas”, nos besó con aceite, alcohol y cansancio. Asamos los hongos y le agregamos al molcajete el hachís que nos dejó Estela, las hierbas de Joel y una sustancia que de por sí preparaba Taipei en el laboratorio. Volví a escuchar los gritos de los abuelxs luchando, los chasquidos de nuestros huesos quebrándose, el fuego y las burlas de los soldados, el aplomo y la extraña calma final de las mujeres, y los sueños de la aldea desapareciendo.

Escuché de nuevo al viejo Cipirano. Clarito lo volví a escuchar zumbando en las montañas, abriendo brecha con el machete y soplando su flauta. Escuché el pasado cuando terminé de aspirar el humo que compartí con L. Incluso logré escuchar, apenas por unos segundos, un poco del tiempo futuro. Después salimos hacia el sur para conocer el hogar de L. Luego de pasar a la Marimba tomamos periférico y caminamos directo hacia la salida sureste de la ciudad sitiada. L desafiaba la velocidad de los autos recordando poesías y rock urbano. “¿Viste en la mañana si el futuro era oscura maleza?”, me lanzó esa pregunta malabareando a la mitad de los carriles. “¿La frase es tuya?”, reviré. “Escuché algo”, añadí justo antes de que los cascos azules nos hicieran el alto a la altura del canal de Cuemanco.

Agazapados en la oscuridad, los cascos azules vigilaban esa salida hacia los barrios marginales del sureste de la ciudad. Tras los sexenios de supuesta alternancia y el regreso del partido institucional, los pueblos de la nación estaban puestos para su extracción progresista final, así que habían llegado a vigilar a las resistencias sobrevivientes a la época democrática rondas de ejércitos de paz y de cascos azules como los que esa noche nos detuvieron en Cuemanco.

Ni siquiera nos hablaron en castilla. Quizás nos exigieron en inglés que nos identificáramos. Lucían aburridos por la rutina. Al menos así comenzaron la inspección, pero cambiaron cuando encontraron en la mochila de L la notebook que Estela le había canjeado. El comandante soltó la tableta en la que deambulaba entre un striptease de una tapatía vestida de blanca nieves y un partido de la liga rusa. Volteó a vernos y comenzó a insultarnos. Al principio nos burlamos de sus palabras atropelladas, pero cuando le colocó a L su fusil de asalto en el  pecho y le arrebató la mochila, la risa se convirtió en rabia. L se lanzó sobre el comandante y entonces todo se apagó. Días después desperté solo y sin habla del otro lado del volcán. Más allá de la zona de guerra, pero acaso sin la posibilidad de volver atrás.

*

Matilde y Malí continuaron sobreviviendo juntas la ciudad. A cada una le bastaba con sentir el roce de la voz próxima para aminorar el miedo que flotaba denso y nauseabundo sobre ellas. Sin mí a su lado añadieron algo nuevo a su complicidad. Las primeras noches me guardaron el espacio, pero pronto descubrieron un resquicio de libertad que fueron ampliando hasta que una madrugada se tomaron de la mano y ya no dejaron de quererse fuerte.

El tono arena de su piel me hacía volar. Un tono con un matiz dorado que combinaba con el tinte color tierra de mi piel. Hace años, cuando llegamos a la Casa de las Adivinanzas, Matilde me desnudó y me hizo entrar al baño con ella. <<¿Todo esto podría ser para mí?>>, pensé cuando comenzó a sacarse la ropa. Inició despojándose del  vestido. Se le atoró en el cuello y pude disfrutar con calma de las líneas firmes y finas que iniciaban allí un recorrido por todo su cuerpo. Luego me pidió que me volteara mientras se  ponía una licra negra que le ciñó perfecto las caderas y los muslos. Cuando volteé también se había colocado un top, pero logré percibir que los trazos verdes, amarrillos y rojos del cuello concluían su recorrido hasta la cadera, donde iniciaban sutilmente un nuevo último tramo hacia su sexo cubierto por la licra –y esa imagen fue el origen de mi primera ficción.

Matilde sonrió cuando frotó mi entrepierna. Mi sexo reaccionó de inmediato levantándose un poco hacia ella. Su risa abierta me hizo pensar que continuaría jugando en esa zona, pero sus manos subieron súbitamente hacia mi cabello y se quedaron atoradas en él. Estuve a punto de hacer una pompa de jabón y pasarla suavemente en su vientre o en su cadera, pero bajó sus manos hacia mis mejillas y las pellizcó para indicarme que el baño había concluido. Luego arrojó sobre mí de un solo cubetazo el agua que quedaba y me indicó que me secara. “Listo, vámonos a descansar”, me huyó  ágil y alcanzamos en el cuarto a Malí.

*

“Ya tendrían que estar aquí si desean participar en la intervención”, comentó Favela días después de nuestra salida a la escuela nacional de antropología. La casa estaba llena de colombianxs puestos a realizar la intervención, así que fue normal que nuestra ausencia no interrumpiera los ritmos y el ánimo de la casa. Incluso Taipei desempolvó su vieja filmadora y Zeta no sólo retransmitió las señales de la voladora, regeneración, la ké o el zapote, sino que cabineó en vivo con el parche colombiano. Sólo Joel permaneció esos días un poco a contracorriente de todxs, acaso porque traía atorada una sensación de presagio desde que leyó en un suplemento dominical que John Berger suponía que, además de ser el siglo del viaje forzado, éste también sería el siglo de las desapariciones.

El último domingo de ese mes, cuando todo el combo regresaba eufórico a la casa tras una rumba, Malí quebró la nata de smog y vértigo con la que amanecía la ciudad leyendo en voz alta una nota que acompañaba en el buzón a la invitación a una asamblea anual de testigos de jehova. “Lentamente, conforme iban pasando los segundos, L comenzó a desvanecerse en la nada absoluta”, leyó el final del breve párrafo enviado por L y propuso que hicieran un cuento colectivo basado en él.

La ciudad mudaba su bochorno por trancones e inundaciones provocadas por las primeras tormentas del año y la casa continuaba concentrada preparando la intervención en las pirámides. A pesar del empuje de Mayo, Lunez y Favela se apoderaron del liderazgo de la intervención. El resto del parche colombiano mantenía desvelándose bebiendo ron y mirando a ver los documentales y los largometrajes en los que aparecía Taipei. La rutina previa a la intervención fue más o menos la siguiente: antes de que Lunez y Favela aparecieran para soltar instrucciones, el primer caleñx en despertar encendía la cafetera y volvía dormitando a la pieza, el segundo en hacerlo comenzaba a forjar un canuto de hierba y, cuando todo estaba listo, Clara ponía a sonar fuerte al Gran Combo de Puerto Rico. Y entonces sí todxs, salvo Mayo que regresaba hasta el atardecer, dibujaban y tallaban el resto del día cientos de rostros mientras hablaban sobre justicia, memoria y restitución.

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