Este es un cuento de un amigo tratamundos, cuyos sueños lo llevan a caminar por senderos lejanos. Su sensibiliad le permite descubrir realidades ocultas y nos las transmite a través de letras. Lo invitamos a descubrirlo en su blog.

 

Por Alij Anaya

La noche de las pirámides inició con Zeta y Clara transmitiendo en vivo en la cabina del refugio. Zeta sonaba nervioso e incluso trastabillaba, como cuando aprendió a tocar su trombón en la frontera entre Brasil y Uruguay. En cambio Clara lucía un ritmo suave y exacto que iba preparando su ascenso en un tono parecido a los toques de una campana marcando la clave de una buena canción de salsa. En el primer descanso Zeta lanzó al aire “Sofrito” de Mongo Santamaría y corrió al sótano a buscar las viejas encuadernaciones de Benedetti impresas cuadras adelante por la familia Vanegas. Los poemas sonaron muy bellos pero quizás algo suaves. Cuando reconocí la frase tirada por L en Cuemanco antes de enfrentarse a los soldados me descontrolé y le pedí a Mayte que les marcara. Fue Clara quién respondió del otro lado de la línea, fuera del aire. Le pedí a Mayte que le dijera que la elección de Santamaría era perfecta. Lo hizo y colgamos.

   Clara se despidió de la transmisión después de soltar al aire una hora más un concierto de Los Van Van en Bogotá. Se marchó a la cocina a preparar mojarra con arroz frito y alguien que decía llamarse J.A tomó su lugar en la cabina. Mientras Zeta improvisaba cuenteando sobre la evolución del soul, J.A vagó veloz en la red en busca de grabaciones caseras de mc’s latinoamericanos. Bastó con Alika para incendiar la casa. Mezclaron su voz aguda y rítmica con el fraseo grave de otro poeta subterráneo también llamado Mario y añadieron en un tercer canal sampleos de una vieja cumbia de la costa atlántica colombiana. A pesar de los alaridos sexuales del cuarto vecino alcancé a pillar que la mezcla era sorprendente. J.A añadió en la transmisión que en un barrio lejano de otra capital también se había sentido como cavernícola al conocer por primera vez a una mujer desnuda. “Como el Mario de aquí”, hizo justicia Zeta.

   Imaginé que Clara tenía una mirada color miel y que J.A era L. Clarito sentí que L se había regresado a la Casa pero ahora decía tener otro nombre. Las voces eran idénticas. Un poco golpeadas, pero firmes y graves como gruñidos salvajes. Y la pasión por la poesía. Esa también era igual de igualita. También me sentí como cavernícola y salí a caminar. En el recorrido intenté dibujar a Clara pero Matilde se adueñaba de los trazos. Su interrupción me impulsó de vuelta al cuarto y pasé el resto del día limando un relato que no lograba concluir a pesar de que contaba con un solo párrafo.

   En la casa, sus habitantes argumentaron durante el almuerzo que era imposible cambiarlo todo. “Es muy tarde ya. Mejor dicho esto ya se acabó”, apareció Clara con la mojarra, el arroz frito y una bandeja de jugos de lulo y maracuyá. Favela la quebró con la mirada e intentó arrebatarle su plato. Éste salió volando hasta que Joel lo atrapó en su descenso, sólo que para lograrlo dejó caer su bachita cerca de Favela. Aunque breve y casi irrisoria, una chispita encendió su falda, y este simulacro o conato de fuego la desquició, pues recordó los ensayos fallidos de intervención en el Zócalo y en el Museo Nacional de Antropología. Zeta disimuló el temblor colectivo permaneciendo agachado, haciendo la finta de recoger el arroz desperdigado en el suelo. Lunez sopló la bachita y levantó a Zeta. Favela observó a los demás con el rostro descompuesto y Clara se disculpó con una frase aún más ambigua que la primera.

   El maracuyá estaba un poco más ácido de lo normal, pero mezclado con la papa y la suave piel del pescado frito relajó la tensión y los nervios. “¿Por qué algunxs insisten en  hacerse responsables del miedo y la esclavitud elegidas por otrxs? Si no todxs desean la libertad, ¿así cómo?”, reanudó la discusión Joel, contrariando su costumbre de escuchar a todxs antes de soltarse a compartir su palabra.  Tras un breve instante de silencio, su pregunta volvió a destapar más de una hora de pasión, excusas y anécdotas. Casi medio siglo de experiencia, errores y emociones pasó veloz e inasible sobre la mesa. Zeta se divertía canturreando un tema de Ismael Miranda. Clara intentó hacerle segunda encajando sobre la mesa una serie de palmadas que simulaban golpes de tambor simulando latidos humanos. “El tiempo decidirá… si hay verdad en mi cariño”, se sumó Lunez mientras forcejeaba con la espina de pescado que traía atorada en la garganta.

   Matilde se levantó a colar café. Malí la acompañó pero siguió hacia su pieza y volvió después con el sobre enviado por L. Insistió en que estaría chingón dedicarle un tiempo a terminar la narración antes de salir a la intervención. Leyó de nuevo el inicio de la historia enviada por L. Taipei habló por primera vez para decir que ese inicio le recordaba un cortometraje que grabó en Belem. “¿Quién será ese don Gastón?”, regresó Matilde a la mesa ahora con una bandeja llena de pan y pocitos de tinto. “Aún es temprano”, concedió Favela y el combo continuó la historia enviada por L.

    Con el cuento y la ronda de tintos avanzados, Zeta se animó a buscar bajo la mesa los muslos de Clara. Se posó sobre su rodilla sólo para sentir una mano más ruda que la suya. Reconoció a Joel. Le agradó sentir esa fuerza. Joel intentó zafarse al sentirse sorprendido pero Zeta le hizo permanecer allí. Acarició a ambos con calma al tiempo que arriba, a la vista de todos, les arrojó un gesto cómplice. Después se levantó con la excusa de percibir olor a gas en la cocina. Al terminar la historia de L, apenas unos minutos antes de la hora acordada para salir a las pirámides, Clara y Joel zigzaguearon entre Favela y Lunez resueltos a encerrarse en la habitación de Joel. Malí contuvo a Favela y le exigió que los dejara quedarse. Matilde cuchicheó algo con Lunez y la intervención inició.

Visite el blog del autor : https://yahoraescuandoes.wordpress.com