Este es un cuento de un amigo tratamundos, cuyos sueños lo llevan a caminar por senderos lejanos. Su sensibiliad le permite descubrir realidades ocultas y nos las transmite a través de letras. Lo invitamos a descubrirlo en su blog.

Por Alij Anaya

En la pieza donde me alojaba, al escuchar los experimentos de Zeta y J.A probé a mezclar la voz de Clara con secuencias de reggae jamaicano y percusión cubana. Mayte se aburrió e intentó besarme, pero rehuí su encuentro tomando el suplemento dominical del día anterior. Allí el secretario de la ONU anunciaba que, después de seis meses de cumplir con una labor limpia (sic) y precisa, los cascos azules seguirían en el territorio resguardando nuestra paz imperfecta (sic). “Esa voz es sideral, como la de Mercedes Sosa”, me aterrizó Mayte al referirse a Clara. Con sus palabras brotaron cerca una serie de relámpagos que fastidiaron la estática del RCA y la fueron mordiendo poco a poco hasta tumbarla por completo.

   Mayte aprovechó mi desconcierto –percibió que había bajado la guardia- y se hizo una con él al desnudarse. Se sentó sobre mí y frotó un largo rato su sexo húmedo sobre mis muslos. Podía sentir cómo la arrasaba saber que pronto me sentiría caliente, grande y potente dentro de ella. Me apretó fuerte y descontrolada el sexo y con la mano libre me hizo chuparle los senos y mordisquearle  los pezones. Entonces giró sobre sí y entré perfecto en su sexo abriéndome paso entre sus nalgas. ¿Se sentirá así Matilde?, pensé mientras aceleraba la respiración, le sujetaba fuerte la cadera y comenzaba a arañarle la espalda. Mayte intuyó algo y se levantó enojada. Se cubrió ágil con una toalla del baño y así mismo salió al pueblo a buscar algo de cenar. Se detuvo en el quicio apenas un segundo para darme otra oportunidad, pero me mantuve estático porque se me apareció un cuento más y quería escribirlo ya mismo. Una historia más. Al verla salir reconocí que mis días sin insurrecciones eran perfectos.

   La presencia, las bromas y el ritmo de Mayte me hacían dudar si valía la pena cruzar de vuelta las barricadas para resistir o al menos sobrellevar los días con lxs desplazados de la casa. Alguien o algo o se había adueñado de mis prioridades y posibilidades y por tanto me habían exterminado. Además, los murmullos del viejo Cipriano cada vez me eran más inaudibles. De haber regresado, hubiera sido sólo para saber si él y los abuelos seguían cuenteando con Malí. Si con ella sí. También podía aprovechar que estaba de este lado del volcán para hacer el camino de vuelta a la aldea, pero creo que en el fondo seguía siendo el pequeño que no defendió a Malí y Matilde en el campamento ni enfrentó a los cascos azules para rescatarse –como hizo L- a sí mismo.

   Apenas había comenzado a trazar la historia cuando la tormenta cortó de tajo la luz. En instantes el silencio desplazó las arcadas sonoras del burdel vecino. Me sentí cómodo en la oscuridad y continué escribiendo. Los ojos me chillaban un poco con el reflejo del monitor pero a cambio la historia fluía veloz. Aproveché que Mayte aún no volvía y seguí de frente bosquejando recuerdos y escenas compartidas con los otrxs habitantes de la casa. Al descubrir que las historias avanzaban veloces pero quedaban cortas y sonaban  fugaces, me recordé preguntando de niño en la aldea cual era la velocidad de los sueños. Mayte reapareció y me arrebató la máquina. “Benque gruñó fingiendo un tono adulto que el tiempo no le iba a regatear”, corrigió uno de mis inicios.

   “Han de ser así de veloces porque son cortos”, intenté explicarle a Mayte. “Tus sueños, sí”, me comprendió e incluso me completó.

*

   En esos momentos, en el centro de la ciudad, a los pocos metros de haber iniciado la intervención, en los torniquetes del metro garibaldi J.A deshizo sus pasos y tomó rumbo de vuelta a la Casa. Le entregó un mapa a Taipei, que acompañaba contento y atento al contingente simulado de payasos y artistas. Más adelante, cuando el contingente saltó los torniquetes del metro Hidalgo, Favela sintió algo parecido a la ausencia. Cuando vio a Taipei sumarse al cuadro intentando seguirle el paso rodando un extenso plano-secuencia, permitió que la ausencia se fuera transformando en ironía y al final se dejó acompañar por una especie de melancolía un tanto ácida. La cadencia con la que el bloque se movía en los pasillos entre dependientes, obreros y oficinistas le recordó el sonsonete de una cumbia villera y estuvo a punto de doblarse de risa. Quiso gritarle a su batallón “¡pibes chorros!” pero logró contenerse. Indicó que se desplegaran en las puertas de los vagones y se hincaran cuando descendieran su velocidad.

   Cuando los vagones frenaron por completo, Favela y su decena de artistas entraron en ellos ejecutando una pirueta circense, pero la hora pico había pasado un par de horas antes y la mayoría de los pasajeros venía dormitando. Ante los gestos y el atuendo colorido del batallón, los viajeros despiertos mantuvieron un silencio primero tímido y luego temeroso. No sabían cómo reaccionar ante otra posibilidad que no fuese responder a lo que el batallón les pidiera o les hiciera. Mientras los caleñxs sonaron en la bocina-mochila salsa-choque y luego la bailaron y los bogotanos saltaron como leones entre aros e hicieron de equilibristas sobre un largo trapo colocado de un extremo a otro del vagón, Favela pegó en los respaldos de los asientos vacíos el primer stencil de la noche, el cual reproducía el rostro de L. Con todo, apenas una  pequeña del  vagón de Favela reaccionó moviendo un poco la cadera al escuchar el estribillo ras tas tas, tas tas.

   Continuaron el recorrido hasta San Juan grabando así el metro, bancas, ventanas, letreros, paredes y señales de tránsito con algunos de los miles de rostros desaparecidos en la última década por los cascos azules y los hombres de verde, blanco y rojo manejados por los señores del dinero. No estaba tan convencida de que los rostros estuvieran atrapados dentro de urnas, pero Favela respetó el acuerdo con el parche colombiano. Después de recorrer varios kilómetros y saltar las vallas de la zona arqueológica, acaso por las elecciones que iniciarían en unas horas, la vigilancia seguía a la espera de recibir órdenes. Con la calzada de los muertos enfrente,  Favela recordó la letra de una vieja trova urbana del Gato Pérez que pilló en un disco llamado Sabor de barrio. “Qué poco camino, qué corta excursión. Ya no queda nada de lo que existió. Ni gente ni cosas retuvo el amor”, cantó fuerte.

   Favela y el resto de artistas comenzaron a desplazarse por la calzada trazando en ella senderos angostos que al sumarse proyectaban la figura de un gran reloj de arena instalado a la mitad del camino entre las pirámides del sol y de la luna. Al centro del tiempo imaginado, sobre las ruinas de un alud de rocas que antaño fuera un templo ceremonial, Favela sacó de su morral de yute un gran amasijo verde-morado de carne vieja (vísceras, pulmones, músculos, corazones) podrida. Mientras los cascos azules la miraban tranquilos aún a la espera de instrucciones, lxs acompañantes de Favela rehicieron lentamente sus trayectos prendiendo fuego en las brechas que ellxs mismos habían abierto. Entonces Favela recordó el pecho de una parcera suya quemándose en la plancha del zócalo uno o dos años antes y, a pesar de los ensayos previos, su instinto la hizo moverse antes de tiempo. Cuando las distintas piras coincidieron en sus recorridos levantaron una gran fogata que sólo devoró sin prisa los restos humanos que Favela dejó tirados sobre esos viejos escalones.

   Mientras tanto Lunez, Mayo, Malí y Matilde aprovecharon la distracción para hincar frente al memorial del ’68 al grupo de personas que habían capturado esa misma tarde en distintos puntos de la ciudad. En la densidad de la madrugada se podían diseccionar la rabia, el frío y el dolor. Mayo juzgó que el olor a miedo en el grupo de personas capturadas era injustificable y comenzó a gritarles. Sus acusaciones contenían una vorágine de juicios sobre el perdón, el olvido, la guerra, el exterminio, la venganza y la sobrevivencia que intentaban esquivarse pero al final chocaban furiosos entre sí una y otra vez. Ante este inesperado brote de locura, el resto del equipo supo intuir que tendría que acelerar todo, así que Matilde iluminó con un laser los rostros desconcertados del grupo capturado y los proyectó sobre una pared de la iglesia para que Malí los pintara allí mismo y Lunez trazara, a manera de grafiti, una leyenda que sabía incompleta pero certera: “Nuestros muertos no caben en sus urnas”. Y entonces todo se apagó otra vez, pues de la vieja caja de agua del convento de Tlatelolco brotaron decenas de cascos azules y de hombres encapuchados.

*

   Ahora, tendido a mi lado y por fortuna solo un poco mutilado, Lunez me cuenta que la frase la eligió Favela y que sabían que tampoco es que se resolvería todo sin ellas, pero que el grupo estaba de acuerdo en que valía la pena hacer la intervención.  “Pero sería un buen inicio para parar tanta aniquilación”, lo interrumpe Mayte y me dan ganas de entrar en la discusión, pero intuyo que ello me llevaría a gesticular demasiado y sin comprobación posible alguna. “¿Y en el plan original qué tendría que haber hecho Mayo?”, me animo a hacer las señas y Mayte me traduce. Favela amaga con partirse de la risa y, por vez primera en mucho tiempo, me sostiene la mirada. Su rostro me desarma y olvido mi condición, así que estalla en mí una reacción que afuera suena como una suerte de silbido que se atraganta a sí mismo. Un silbido chusco y chillón que provoca en Favela un enunciado que a la larga cambiará cómo me llama la gente. “El compa ahora silba”, dice al fin doblada por la risa.

   También han llegado Clara y JA, que sería idéntico a L si no nos mirara tan distinto. Hurgo en él rastreando a los cascos azules de Cuemanco pero nunca los hallo. Estela intenta ofrecerle de nuevo sus estrellas pero L o JA se mantiene pegado a la vieja máquina de escribir de L, donde escribe poesía y termina un largo ensayo sobre la Santa Muerte. Clara nos explica que la noche de la pirámide L o JA cambió el habla por la escritura, así que en el nuevo resguardo son ella, Mayte y Estela –Favela y Lunez han vuelto a partir- quienes nos comunican con el exterior. En las mañanas, cuando JA o L corre hacia la playa, lo sigo y le pregunto si es L y a él también le chuzaron la lengua los azules, pero L o JA nomás arruga la nariz, me arroja una sonrisa de que según él eso no muy importa y se lanza fuerte hacia las olas. En cambio yo las salto y, después de bracear juntos un buen rato, nos quedamos flotando bocarriba y dejamos que la corriente nos arrastre a su antojo unos cuantos metros.

   Los días continúan así, lentos pero satisfactorios. Acepté el tamaño de mis sueños y he dejado de pensar en Matilde al entrar en Mayte, pero aún tengo pendiente encontrar la explicación científica –o cualquiera que sea- del miedo y de la valentía. Nos faltan la música de Zeta, el rodaje de Taipei y la sabiduría de Joel. Y también nos gustaría ver o saber qué fue o es de mi hermana y de Matilde –Clara dice que pensaban regresar a la aldea y realizar otra intervención ahora que se cumplieran  los cincuenta años de Tlatelolco-, aunque temo que a ellas las decepcionaría nuestra decisión. El volcán nos ha quedado atrás y lo sentimos muy lejano. Aquí, con cientos de valles y montañas de por medio entre la guerra, nosotrxs y el naufragio, hemos decidido que sobrevivir será  nuestra única certeza, aunque también nos alegra que otrxs prefieran arriesgarse por tener su presente abierto.

   L o JA termina el libro “La rabia, el amor y la lucha contra el silencio” y Mayte escribe conmigo las historias de nuestrxs ausentes. Nos sentamos entre la arena y el fuego, entrelazamos un poco sus historias con las nuestras y cantamos canciones viejas.

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