Trota-mundos incansable, hermano y compa de todos, solidario, luchador de causas propias y ajenas, así es Villano Sexto, camarada que habla con el corazón en la mano. Hoy nos comparte un cuento inspirado por su paso por Colombia... ¡Hágale, pues. Qué, no!

Por Villano Sexto

I y II
La nieve en la ciudad cogió a todos festejando la victoria contra Argentina en Nueva York.
Willintong le ganó la espalda al líbero y corrigió el centro retrasado de Arboleda con un escorpión arrogante y festivo que superó el recorrido a contrapié del meta. Esa acrobacia veloz y desesperada que entregó el pase a la final de la Copa desató horas de festejos y decisiones impulsivas al sur de Nueva York. Mayo, que amaneció en su pieza de Santa Fe entre dos tumaqueñas que levantó -o lo levantaron- en el parqueadero de la sexta con diecinueve, frente al Goce Pagano, finalmente recibió el encargo pospuesto durante varios años.

Deslizó un trozo de hielo sobre los arañazos que tenía en el pecho y salió a buscar pan. El aire gélido que bajaba desde Monserrate le hizo aminorar el paso. Las calles olían a sexo, ron y vallenato. ¡¡Ganamos, qué hijueputa!!, recibió la resaca de la vendedora de pan. Compró una bolsa extra y caminó hasta el planetario de la veintiséis con séptima. Allí le encargó a su compadre que llevara la bolsa extra a su casa y que dejara saludes.

De vuelta en Santa Fe, cerca del cementerio, continuaba dormida en la pieza una de las dos tumaqueñas. Sacó del morralito panes, patacón, panela y una bola de nieve. Antes de preparar el desayuno probó a tocar la marimba que ocupaba casi la mitad de la pieza. Cuando la mujer finalmente se desperezó, le arrebató la marimba y envolvió la habitación con el sonido nítido de la lluvia del Pacífico. Mayo le cubrió la piel con la nieve que había traído de la calle. Sin deshacer las caricias ella alcanzó el tinto que humeaba en la ventana y le hizo beberlo juntos.

Desde la mirilla de la puerta lo vieron tambalearse. Por unos segundos cabía en ese hueco de cristal un hombre recio y uniformado distinto al sesentón de lentes gruesos, saco marrón, semanarios políticos y cajita de aguardiente en mano. ¿Azuquitar pa’l café?, apareció en la sala, con la mirada y la voz aún valientes, una vieja compañera de Mayo. Apenas intentaba titubear cuando ya lo habían hecho entrar al departamento. Necesito hablar con él, le soltaron a la mitad del desayuno. ¡Y límpiese esa jeta: tan grandote y tan bobo!, le ordenaron.

Le asombraba la combinación de fuerza e historia tallada en su rostro. Sus facciones le recordaban la escultura africana que ocupaba la portada de un libro de Galeano. Tenía varios días siguiéndola. Salía temprano del seminario rumbo a una tabaquería de la catorce con décima. Allí, tras el gol de Willington se animó a seguirla hasta la entrada del Goce Pagano. Dos años antes, al abandonar la mesa de negociación en la Habana para perseguir otra mulata, Mayo recibió la orden de devolverse a Bogotá.

Décadas de ejércitos y multitudes errantes arrasaron las firmas que conjuraron cientos de párrafos confusos y brutales. Esa tarde Milo arreciaba el tic de apretar con sus dedos su tabique nasal justo como si inhalara desesperadamente el último gramo de las toneladas de coca que había colocado en Sinaloa y Nueva York. ¿No le arde?, preguntó Mayo al circular sus yemas con nieve alrededor de los pezones altivos y violetas de la tumaqueña.

Durante las negociaciones una periodista santiaguera los convenció de contar su historia. Embaucados por la belleza casi bestial de la mujer, Milo y Mayo se sorprendieron contando sin pudor y casi con desesperación su paso por la lucha armada en Boyacá. ¿A lo bien perdimos ya esta historia?, recordó su frase final en la entrevista. ¿Cuánto cree que dure el entusiasmo?, escuchó la voz de su acompañante por primera vez en el día. Toda la vida, respondió sin saber si aún tenía frente a él a la periodista cubana o a la mujer de Tumaco.

Cuando depositaron en un banco de la calle 100 el cruce destinado a la alternancia democrática anhelada setenta años en México, el patrón les concedió algunos días de descanso en Chiquinquirá. Allí berrearon que la vorágine de sangre, combate, venganzas y negocios transnacionales no la paraba más nadie, y cerraron la semana rumbeando con un parche de la Nacho en misión de paz.

Pese a la nieve, debajo de ellos la ciudad seguía festejando su triunfo. Arriba, quienes anhelaron durante décadas la alternancia democrática en México se perdieron la revolución autonómica que emergió lenta y dolorosa en el vientre mismo del monstruo. ¿Todavía cree que también hay ternura allá abajo?, le alcanzó un pan el niño que siempre lo observaba por la mirilla. Claro, pero que no lo oiga su madre, balbuceó Milo. Al encontrarle la huella de una lágrima, el chino estuvo a punto de decirle que no era más que un viejo sapo.

Cuando la lluvia del pacífico y el tinto acabaron, Mayo y la tumaqueña se asomaron a la ventana para seguir acompañando los festejos del día. En el bebedero de la esquina estallaban gaitas y tambores; y en el sofá de la contra esquina la pareja de vendedores de chance se acariciaba tranquila y desinhibida. Desde esa otra esquina aparecieron montados en bicicleta Milo y su compadrita. Mayo los recibió desde la ventana con tres disparos de nieve. ¿Su familia?, le preguntó la tumaqueña sin deshacer su alegría ni cubrirse el pecho. ¡Uyyy: rebonitas esas tetas, pa’qué!, les gritaron desde la acera. ¡Le toca volver al Norte, mijo!, sintió la voz de Lucía subiendo de nuevo hacia él.

III y IV
Ese medio día de Junio Favela también festejó al ver en la tele el gol de escorpión de último minuto. Cuando Armero y compañía corrieron desbocados al tiro de esquina a festejar el escorpión tirando pasos de salsa, Favela aprovechó el remolino humano surgido en La Tinaja para plantarse a los pies de Roque. Frente a ella, flotando en una hamaca, el man controlaba el tráfico internacional de la zona. Cogió con fuerza un extremo de la hamaca y comenzó a arrullarlo suavemente. ¿Entonces?, preguntó Roque. Así mismo: su merced me regala unos días en el monstruo y ya usted sabe, le insinúo Favela una rendija de futuro compartido.

Lunez observaba atento su cintura. Sus regateos, ataques y contragolpes. Viajaban juntos desde hacía seis años, cuando una playa de Lívingston los encontró acabados pero con ganas de volver a empezar. Entonces Favela lo nombró Lunez y Lunez la nombró Favela. ¿Se va portar bien?, Roque rodeó su cuerpo y comenzó a acariciarla. Al sentir que la rabia de Lunez se posaba en él le estrujó con fuerza una nalga. Favela aprovechó esta concesión para enredársele en la hamaca. Bordeó su ombligo, tamborileó la cacha de su revólver y le apretó con fuerza la entrepierna. Lunez supo que lo tenían desarmado cuando al grito de Roque le sobrevino una carcajada general en la Tinaja.

Bajo la lluvia Favela lo inundó con una mirada salvaje pero luego dejo que la abrazara. Permitió que se ciñera a su cadera y lo sintió esconder algo dentro de su gabardina. Fingió besarlo cuando los militares pasaron a su lado. Sólo rozó sus labios pero alcanzó a sentir que en ellos había miedo y furor. Entonces desquitó su rabia mordiendo los labios del hombre que había llegado de Caracas con la misión de quebrarse al tercer presidente del país en nómina de la CIA.

Le limpió el hilillo de sangre con destreza y malicia. Continuó bordeando su boca y se aseguró de no besarlo. Las puertas del palacio aún chispeaban cuando los soldados arribaron a la plancha del Zócalo pateando las veladoras que formaban la frase “Fue el Estado”. Lucía se empecinaba en coordinar a su brigada para defender esa esquina de la plaza, pero pronto los soldados desbarataron la frase y comenzaron a golpearlos. En la revuelta, de entre los gritos, las patadas y las primeras balas una voluta de fuego saltó a su pecho y allí se quedó ardiendo firme y luminosa. ¡Ya perdieron!, la oyó gritar desesperada mientras se escabullía por un rincón de Correo Mayor.

Agazapada en un hotel de la Colonia Obrera encendió su briquet y probó a balancear la flama azul alrededor de una madeja de hilos y trapos. Al abrir la ventana para airear la pieza la asaltó el olor a huitlacoches asados del puesto de quesadillas montado en la banqueta de enfrente. Favela hurgó en su gabardina y sonrió coqueta al encontrar la granada. Déjame probarla, compa, pidió mientras giraba su rostro hacia el puesto de quesadillas. Póngase seria, le pidió Roque a ese par de ojitos hermosos y ardientes.

Accedió cuando las carcajadas en La Tinaja cesaron. ¿Va a incendiar algo?, le preguntó justo cuando la televisión sustituyó el escorpión colombiano con las imágenes de Arellano botando en el camino al contención brasileño y Olalde rematando con una paloma espectacular la diagonal a media altura. Después inició un mensaje del cuarto presidente mexicano con nómina en la CIA, pero a la tierrita sólo le interesaba el juego final entre México y Colombia. ¿Segura que no va a incendiar nada?, insistió Roque en un tono en el que aún sobrevivían el miedo y la derrota.

¿Cómo es una cara de galletita?, preguntó Lunez al pasar entre los puestos de dulces típicos y entre las abejas que revoloteaban sobre ellos. Favela señaló una mujer parada varios metros delante de ellos, casi en la esquina de la calle. Desde la distancia la mujer les sostuvo la mirada, se deshizo de un hombre, se rascó los chinos y agregó una mueca roja al círculo azul cielo chillón de su rostro. Mírala ahí, entre el maquillaje y el plástico, respondió Favela y comenzó a andar hacia ella. Cuando se abrazaron Lunez pensó que la ciudad monstruo seguía igual de igualita: una ruleta de cadencia, grasa e historia acostumbrada a posponer su estallido y su derrumbe.

En el zaguán de los departamentos Caregalleta y sus colegas tenían por vigilante un muñeco de nieve con una zanahoria gigante en la nariz. Favela se entretuvo con él mientras Caregalleta y Lunez reunían al combo. Cuando alguien osaba explorar su rostro jugaba a correr eufórica y descompuesta hacia él zanahoria en mano. ¿Es verdad lo del puesto de quesadillas?, lanzó Lunez la pregunta al aire al observarla desatada metros antes de llegar al Zaguán, pero el monstruo le respondió con el inicio de otro huracán de lluvia con nieve.

Seguían empatados minutos antes de concluir el juego. Armero continuó la rumba festejando con pasos de salsa el primer gol de la final. En cambio Hernández se desvaneció en el césped como si hubiese recibido algún disparo desde la tribuna luego de marcar el empate. Tan llorones como siempre los parceros, gritó Mayo desde la cocina mientras agregaba pizcas de sal a la pasta. Pero todo bien, esta vez vamos a ganar, agregó bañado en cerveza. No vamos a ganar pero vamos a meter las manos, pensó Lunez en un tono que presagiaba un combate atroz. Dígalo, le pareció escuchar que Favela le pedía algo. Dígalo, confirmó sorprendido la petición de Favela perdida entre la lluvia, la nieve y el ardor.

 

México, 2014