Por Villano Sexto

Abril del dos mil trece

Cuando Joel superó los temblores de los anteriores testimonios y la sonrisa del viejo militar se volvió una arruga atroz y deforme, María abandonó la sala de justicia tranquila, con cuidado y con mucha suerte, pues el agente que la vigilaba también se distrajo con la herida de treinta centímetros en forma de ciempiés que su hermano mostraba al mundo: “Ésta me la hicieron con el mismo machete que le cortó la garganta a mi padre y a mi madre. Es la verdad lo que estoy diciendo”.

   Afuera, el viento que atacaba la ciudad la desconcentró y finalmente se dio el lujo de dejarse consentir con unas cuantas lágrimas. Sólo unas cuantas, apenas las necesarias para coger fuerza y arar camino entre las lonas y los fierros desparramados en la plaza para el concierto de Rubén Blades de esa noche. Al pasar entre los jóvenes que hacían la prueba de sonido, deseó casi con ira que el pasado fuera capaz de resarcir sus sorpresas incumplidas.

   Detrás de ella, Joel incendió la imparcialidad de los jueces y desgarró la inmundicia del viejo militar. Con él las víctimas agigantaron sus miradas y no las despegaron más del acusado. Firmes, acompañaron el camino trazado por el dedo índice del testigo rumbo al anciano genocida de pelo engominado y traje negro. “Éste es el hombre que me hizo hincar mientras mataba a mi familia”, se adueñó Joel de esa mañana y de la historia.

Mayo del dos mil tres

   Los sollozos de las víctimas la despertaban todas las noches. Estiraba el brazo para cancelar la alarma del reloj y ofrecía el resto de las madrugadas a los sobrevivientes de las masacres. Sólo después de escucharlos, les confesaba que no creía que el país tuviera futuro, pero también les aseguraba que se sentía comprometida con el presente.

   De regreso en la pieza intentaba recuperar los sueños perdidos, pero siempre desistía y partía temprano hacia el centro de la ciudad. En el trayecto estampaba en las ventanas y los muros de las calles los rostros de sus padres, y se animaba al descubrir que, al final del día, aparecían en otros lugares otros rostros enérgicos acompañados por la frase “Aquí no lloró nadie”.

   “Así que vos sos de esta mara”, la llegó a sujetar contra uno de aquellos muros el hombre que siempre la vigilaba. Se desbarrancó sin remedio en el profundo y gélido abismo disparado por el cañón posado en su vientre, pero también le pareció escuchar que el hombre pronunciaba la palabra perdón. Le respondió que no y se retiró sin darle la espalda. “¡Sólo queremos ser humanos!”, se confundió su siguiente grito entre las ofertas de los vendedores ambulantes de esa tarde.

Marzo de mil novecientos ochenta y tres

   Después de vaciar su fusil en el pecho de la mujer que le imploraba piedad, el general ordenó degollar al resto de los campesinos capturados. Feroz, su ejército hincó a los hombres frente al sol que intentaba asomarse entre la neblina. Cuando un pequeño saltó entre la milpa con machete en mano para írsele encima a los soldados, éstos dispararon sobre su cabeza muertos de la risa.

   Lo dejaron acercarse hasta que, desquiciado, el general le arrebató el machete y le preguntó quienes eran sus padres. Horas más tarde, cuando el viento cambió su dirección para llevarse consigo el humo de las chozas quemadas y la fetidez de los cuerpos calcinados, el pequeño regresó herido al sitio donde había escondido a su hermana menor. Aterrados, hicieron acompañar su camino con el canto de la guardabarranca de la aldea.