Villano Sexto

En la primera toma de la última escena Taipei pilló de reojo el monitor y de pronto se sintió demasiado deteriorado. Se le escapó un soplido de fastidio que el sonido ambiental amplificó de inmediato y sin concesión. Amaranta reaccionó retirando sus palmas de su nuca y desbaratando el nudo de sus cuerpos. Le dio un poco de pena el sonido del primer actor, pero igual le cerró un ojo al despedirse: “Mañana lo volvemos a intentar, ¿qué no?”. “Pero véngase temprano porque tarde le hace daño”, agregó y salió corriendo de la plaza, aún húmeda y toda ella hecha risas. “Carcajadas para hacer frente a la tormenta”, pensó Taipei, que además aprovechó el rastro de ánimo trazado por su colega para ponerse de pie y salir de cuadro. 

En la piscina del hotel un par de niños disparaba hacia las palmeras más altas del terreno vecino. Las fuertes ráfagas de viento les hacían perder el pulso. Se escondían en la piragua apostada en el lugar cada vez que un tiro volaba bajo y zumbaba entre los muros de las habitaciones. Taipei calculó que el niño más pequeño sería el primero en derribar algún coco, y recordó que en las filmaciones de Japón y Brasil le habían contado que a la gente de este país le valía madres la vida. Tras varios escopetazos los niños le llevaron el primer coco derribado. Malabareó con él un rato y jugó a mordisquear su corteza. Los niños se alegraron y él se arrojó al fondo de la piscina. Con todo y la basura estancada en ella, su reflejo le entregó el tono esmeralda de la mirada de Amaranta.

Meses antes Taipei había percibido el inicio de su caída durante las madrugadas compartidas con Verónica, que hacía de psiquiatra en el hospital central de Recife. Al terminar las jornadas Verónica lo invitaba a su departamento y le explicaba que su personaje era prácticamente similar a ella. Él le confesó que en Tokyo, cuando la protagonista volteó a mirarlo mientras lo recibía extasiada, se le apagó el ansia desbocada de vivir y descubrió que el resto de sus incendios serían restos o maquillajes de esa primera euforia, de ese primer vuelo totalmente descontrolado. Esa noche la madre de Verónica bebió con ellos y los tres bailaron desnudos hasta la hora de salir a volver a actuar.

Amaranta recibió la tormenta en el malecón. Allí se aferró al recuerdo de ella y Adele perdidas en alta mar. Ovilladas en la lancha, sortearon el mal tiempo acompasando el ritmo de sus rostros con el de la violenta percusión de las marejadas del Golfo. Además de regalarle la dicha de ser el primer cuerpo descubierto, en ese naufragio Adele también le contagió la obsesión de sentir en carne propia el fuego, la belleza y la miseria de los demás. Aún húmeda y toda hecha risas, esquivó los troncos y las ramas que volaban sobre ella y le dio la espalda al mar cuando sintió la respiración y el sexo de Adele saltando e hirviendo de nuevo a su lado.

Tras varias horas la plaza central del puerto comenzó a llenarse. Pronto aparecieron varios niños que comenzaron a hurgar el equipo maltratado por la tormenta. Buscaban las piezas dañadas y las lanzaban al fondo de los costales que traían con ellos. Cuando estaba a punto de interrumpirlos, rehice mis pasos al descubrir que en el costal del niño que me sostenía la mirada se apretujaban una escopeta, algunas aves muertas, varios cocos y una cabeza humana. Taipei saltó entre nosotros y desarmó al pequeño con un gesto de complicidad. Al instante surgió Amaranta desde otra esquina de la plaza, y en pocas horas organizó todo para rodar la última escena de nuestra primera ficción. Incluso logró que Taipei tuviera el decoro de entregarle después de varias tomas el beso final postergado. Un beso urgente, seco e inverosímil. “¡Otra! ¡Otra! ¡Otra!”, rugía el público de Zamora. “¡Una más! ¡Hagamos una toma más!”, secundaba sus órdenes a todo pulmón.