Por Villano Sexto en colaboración con Alexander Jiménez

Cali-Bogotá-Cuernavaca.

Frente a mí el atardecer devora Chapinero alto y mi primera semana en la ciudad.  Luego de varios meses y varios kilómetros medianamente regulares y enteramente bravos, la cafetera comienza a silbar pero el teléfono aún me esconde la llamada que justifique mi regreso a este lugar. A cambio me arroja la voz de M, titiritera de la Universidad Nacional que intenta convencerme de colaborar en la organización de su próximo encuentro de teatro popular. Casi a la par L tira levemente de mi camisa y me pide que vuelva pronto. Más que el brillo de su mirada y la claridad con la que hila sus primeros enunciados, me sorprende aún más saberme inundado por la certeza de que mi recorrido cederá ante su deseo. “Acá lo espero”, concluye.

(Dos)

Se detuvo en la esquina. Encontró el letrero sobre el edificio y tuvo la certeza de que sin aquel aviso no sabría hacia dónde dirigirse. Llevaba apenas seis días en la ciudad. “Esta calle se llama San Juan, esta es la Corifeu, por aquí se sube a Villa Victoria”, escuchaba pero no sentía esas calles. Eran sólo nombres. La costumbre le tendía una trampa disfrazada de nostalgia. “Qué mas da un muerto en Ayacucho y si Ayacucho es una calle, un teatro, una ciudad o una plaza. Igual hay un muerto. Un hombre apagado, fuera de combate. Qué importa si el tráfico aquí es más organizado que allá, si hay más gente durmiendo en la calle que en otro lado, si hay menos basura, qué importa todo eso ¿Alguien ha visto los planos de lo que estamos construyendo?”, dijo con ironía y una señora gorda lo fulminó con la mirada. Siguió en la esquina sin moverse. Un estatuamiento repentino lo poseyó y lo llenó de tristeza. La gente fluía a su alrededor en varios sentidos, pero él no se animaba a tomar ninguno. Miró de nuevo el letrero sobre el edificio, los nombres de los buses y sus listados de barrios. Los autos se detuvieron. La silueta verde del semáforo comenzó a caminar sin salirse del disco, como un hamster en una rueda invisible. Cruzó la calle con un grupo de gente que llevaba su dirección. “Y arranque, mijo. Hágale que pa’luego es tarde”, le exigió al chofer del Blanco y Negro y se acomodó en la parte trasera del bus. Venía desde la quinta con la ansiedad abultada en el pecho. <<Esta vez no fracasaré>>, pensó en voz alta mientras el bus avanzaba. <<Una muerte es un accidente pero varias son pura casualidad>>, recordó en el siguiente semáforo. “Una muerte más en Ayacucho no es nada”, repitió minutos después al tener frente a sí los ojos almendrados de C., quien reaccionó golpeándolo en la boca del estomago. Fue entonces que prefirió abalanzarse a la reunión de hombres desencantados que se emborrachaban en la siguiente esquina.

(Uno)

Confió su suerte a la patrona de Alfarería antes de cruzar por Panaderos rumbo a Avenida del Trabajo. Tras doblar en Caridad se deslizó entre Bartolomé de las Casas hasta tener el camino despejado rumbo a la Plaza de las Tres Culturas. Aunque ya era demasiado tarde: desde Avenida del Trabajo el destino andaba tentándolo, pues en esa esquina un trailer volanteó para no embestirlo. En la patinada la cola del trailer se estampó con dos señoras que sorbían sus caldos de gallina en uno de los puestos empotrados en el último filón de la calle Caridad. “¿Aquí es donde le quemaron las patas al Cuauhtémoc?”, le preguntaron algunos bultos revolucionarios al pasar por la cerrada de Peñón, pero les respondió contándoles sobre los poemas que J.A. le había mostrado apenas unas horas antes. Los poemas que le hicieron llegar tarde a la pirámide. Entonces una mujer alzó la voz y balbuceó que, como había dicho S, una muerte era un accidente y varias muertes eran pura casualidad. En ese momento apareció detrás de él el último grupo de la noche. Al descubrir que A venía en él supo que toda su ira se desvenecería hasta hacer surgir un archipiélago de marcas moradas en el cuello de la muchacha que había citado a S. Así que después de marcarla se dirigió hacia A pero, siempre más ágil y más viva que él, ella se le adelantó: “¿Y están buenos los poemas de JA?” Ni siquiera fue capaz de contestar esa última pregunta. Un mes después del sacrificio en la pirámide, cuando volvió a torcer por Panaderos rumbo a Avenida del Trabajo, descubrió que un quiosco de periódicos se alzaba donde antes estuvieron los caldos de gallina. Se acercó a mirar la foto del fuego olímpico ardiendo en Ciudad Universitaria. Derrotado, levantó la cabeza para ver si de puritita lástima A le mandaba un guiño de esperanza o una buena sonrisa, pero sólo encontró una maraña de nubes densas, así que deseó que una de ellas lo envolviera y lo llevara lejos de allí. Quizás a otra pirámide.

(Tres)

“Shh que lo que mata es la bulla”, sentenció horas después C al ir a su rescate. Aceptó feliz el tinto que le ofrecían aquellos brazos suaves y apiñonados. Disfrutó que el vaho de la bebida le cubriera todo el rostro. La rasca empezó a desaparecer como si fuera una congestión. La madrugada comenzó a rasgarse en los rincones de la ciudad y se tranquilizó. La ira que le inspiró la actitud de C se había convertido en ironía, en un oscuro sedimento en el que había que elegir el trayecto de cada palabra para que éstas no patinaran. “Y qué tal estuvo la reunión”, preguntó al fin. “Supongo que en algún momento te informaré, por eso viniste ¿no? ¿O hay otra razón para que estés en la ciudad?”, respondió C con irritación y desdén. <<Así terminan las cosas>>, pensó Z y supo que en ese momento las noches del rostro de ella oculto entre sus piernas estaban tan lejanas como las canciones con las que había sobrevivido la noche. No importaba qué tan cerca estuvieran las guitarras de los hombres o las caderas de C, el momento de la música había pasado. “Vámonos para donde nos quieran”, dijo uno de los serenateros cuando de uno de los almacenes que empezaban a abrirse sobre la acera les pidieron que se corrieran porque iban a lavar. “Claro, porque más iba a venir, ¿sí o no?”, dijo Z antes de comprimir con fuerza el vaso desechable vacío de café y luego arrojarlo sobre la acera. “Oiga, qué hace”, dijo C y miró el vaso desbaratado, cerca al cesto de basura. Z lo recogió. Se arrepintió de desfogar su energía en cosas tan minúsculas y casi con mofa empezó a jugar con él. C parecía exasperada y cansada, y apenas le dio importancia cuando Z empezó a rasgar tiras del vaso desde el filo hasta la base mientras repetía sarcásticamente Me quiere, No me quiere, Me quiere, No me quiere. Al final quedó sólo el disco de plástico del fondo del vaso y, adheridos a su borde, los  flecos tiesos y bruscos. El sol apareció entre los edificios y ambos se miraron. Estaban llenos de noche y de distancia. Sus pupilas brillaron saturadas de diferentes ilusiones, pero ambos notaron que había entre ellos un destello común: algo como una gota de café atrapada en la ranura de la base de un vaso desechable destruido. “¿Tenés algo qué hacer hoy?”, preguntó C y miró el vaso entre las manos de Z. “Claro”, respondió Z y arrojó el vaso destruido al cesto de basura. C no disimuló la decepción que le provocó que él no le obsequiara esa flor artificial, así que lo tomó del antebrazo y comenzó a empujarlo suavemente hacia la Avenida Panamericana. Mientras un mendigo recogía sus cambuches de una esquina y la ciudad se levantaba, Z sonrió con imágenes caprichosas de él y C jugando bajo sábanas vacías.

 Cali-Bogotá-Cuernavaca. Julio 2009-Julio 2012