Por Villano Sexto
Agradeció el envío y cerró la sesión de gestos y sensaciones atropelladas en el skype. Luego llevó a su boca las uvas que habían sobrevivido la noche de año nuevo y comenzó a trazar círculos alrededor de la cicatriz de Zeta, quien reaccionó acariciándole suavemente las muñecas antes de arrebatarle la última uva y realizar movimientos más fuertes que le permitieran hacerse entrar en ella. “A gente tem que acreditar na vida”, recordó la despedida de Estela justo antes de estallar. Y unas horas más tarde, cuando la luz del día la iluminó de nuevo, comenzó a delinear en la espalda de Zeta cada uno de los dibujos recibidos desde la ocupación Sao Joao.

  Cuando Zeta finalmente decidió salir de la cama, se apresuró a trasladar el sudor y las emociones de los dibujos hacia la cima del nuevo equipo de transmisión de la radio. “¿Y la prisa vale la pena?”, le preguntó él antes de salir con el trombón bien montado en la espalda. En el camino a la cabina vio a una señora tropezar al tratar de esquivar los gritos del viejo que agradecía que el mundo aún seguía en pie. Corrió a levantarla y le invitó un café, aunque se sintió más identificada con la sensación de fe que expelían los ojos del anciano.

La señora lamentaba que su familia no la había llamado la noche de año nuevo, pero prefirió seguir el camino al cielo indicado por los dedos del viejo que continuaba en la acera. Descubrió que su cabello llevaba rato siendo acariciado hasta que sintió la mano de la mujer cubrir su mejilla. Entonces se hizo una cola de caballo y se despidió. De vuelta en la calle confirmó que los ojos del viejo eran grises. Les deseo un buen año y corrió a preparar la emisión de su programa. Tras encender el transmisor y preparar la lista de temas, se sorprendió a sí misma hablando al aire en portugues: “¡Oi pessoal, salve! ¿Tudo bem, firmeza aí?”.

Después rechazó la petición de escuchar a Silvio y arrancó el programa con el himno nacional de la cumbia. La voz de Estela tomó por asalto las antenas de Lambaré tan pronto concluyeron los últimos compases de Damas Gratis:

La mujer observaba a los niños que habían parqueado su carro de basura para jugar con la pelota de tenis y upa, cuando ésta rodó cerca la pateó hacia la calle. Los niños le buscaron algún gesto pero ella permaneció inmóvil. Después de unos segundos uno de ellos corrió a nuestros pies para buscar la pelota. Mientras tanto ella seguía sin hacer ni decir nada, hasta que de repente soltó una sonrisa que mezcló burla con idiotez. Había mandado a la mierda la felicidad de los niños con un solo movimiento y su sonrisa revelaba que eso la hacía gozar. Ese gesto desató mi ira.

Tras oprimir el botón de pausa del reproductor saludó a sus oyentes y explicó que la voz de la narración pertenecía a la mujer que el mes pasado había liderado la ocupación de un par de hoteles abandonados del centro de Sao Paulo. La felicitaron en el chat y le volvieron a pedir una trova, pero respondió soltando al aire una cumbia gorda gorda. “Sabes que un día de estos mami yo te volveré a tener”, cantó con el micrófono en off.

   Semanas antes, la lluvia y la prisa por llegar a la estación la hicieron resbalar de las escaleras que comunicaban Joao Adolfo con Xavier Toledo. En la caída percibió que un hombre la miraba fijamente mientras rascaba con rabia la mugre de sus pies y de su cabeza. Más tarde despertó con la mirada de una muñeca y con un ramo de flores clavados en sus ojos y en su entrepierna. Giró al escuchar una serie de jadeos y descubrió que un indigente llevaba rato gozando a costa de ella. A pesar del escalofrío que le asaltaba el pecho logró esbozar una mueca de regaño y se levantó. Después de caminar un poco, reconoció que la desconsolaba saber que el rincón en el que había pasado la noche estaba a sólo unos pasos de una calle en la que ya tenían rato transitando los primeros trabajadores del día.

Un grupo de gente se detuvo frente al butaco en el cual comía las últimas migajas de sus dos coxhinas diarias. Pronto todos fueron sorprendidos por el intenso ruido producido por las aspas de un helicóptero que flotaba sobre ellos. Mientras cubrían sus oídos y una voz metálica amenazaba con dispararles, uno de los manifestantes comenzó a tocar su trombón. El grupo soportó la primera ráfaga enviada al aire, pero para el segundo bloque de disparos sólo permanecían en pie Estela –que coordinaba todo para que su gente avanzara hacia la ocupación- y el trombonista. Superó el miedo que le mordisqueaba las piernas y corrió hacia los sonidos salpicados por el instrumento, aunque segundos después la furia de un disparo disolvió por completo las notas.

   Pensó que, efectivamente, no se puede hacer nada contra el amor porque él es cosa de él, pero aún así mantuvo intacta su selección de canciones. “No quiero escuchar trova hoy”, escribió en el chat mientras volvía a dar clic en el botón de pausa del reproductor:

Corrí hacia ella sólo para reclamarle, pero cuando la tuve cerca su perfume y el tono   rosa de sus mejillas me desconectaron. Le arrebaté el bolso, saqué sus pertenencias y comencé a patearlas. La apreté con fuerza del antebrazo y le exigí que se disculpara con los niños. Sus ojos anunciaban una impotencia desoladora. Cuando comenzó a llorar, las alarmas de los edificios sonaron y un helicóptero comenzó a dispararnos. Logramos replegarnos hacia la ocupación, pero mi distracción con aquella mujer casi nos costó la vida de un compañero.  

Oprimió el botón de pausa por última vez y anunció que en el próximo programa Estela continuaría narrando la historia de la ocupación Sao Joao. También adelantó que para entonces probablemente sí programaría trova. “Pero sólo un poco”, concedió justo antes colocar un cover de una canción mexicana, destapar dos latas de cerveza, soplar sobre el vaho de un par de empanadas, recibir a Zeta en la cabina, morder su hombro y hacerse entrar en él, todo ello con el micrófono abierto y malabareando en el aire.

Sao Paulo, Febrero 2012