Por La Calata Culta

Me gusta la cremolada de carambola a esta hora en la que el sol quema los hombros y yo no sé si quiero una ducha fría o follar.Algo me fastidia, lo puedo sentir, pero no llamaré a nadie. No quiero hablar con nadie. Esta tarde nadie me importa. Me distraigo y meto mi uña en el huequito de mi pezón, es una actividad que me reconcilia con el mundo: a veces encuentro una pelusa, y eso me hace sonreír. Es gracioso verbalizarlo. Enciendo el televisor y me quedo mirando las noticias. Pasan unos minutos y me canso de ver desgracias, presiono mute en el control remoto. Enciendo el iPod y le doy play a esa canción de La Costa Brava. Me pongo a silbar, luego a cantar.

Adoro a las pijas de mi ciudad.

Su aroma es tan distinto que uno se esfuerza en averiguar el secreto de sus besos.

Turu, turu, las chicas modernas enseñan las piernas, las chicas de barrio levantan las manos (x 3).

Las canciones con silbido siempre tendrán un feeling especial… Me dejo llevar por la música. Al final la letra es palabras de relleno, cualquier cosa: cierro mis ojos y muevo mis pies sobre la cama y en ese viaje me pongo a recordar huevadas… Recuerdo a un chico, él me llevaba a mi casa, siempre era de noche y yo estaba siempre medio ebria, él me hacia prometerle que follaríamos durante la semana y yo le decía Sí, claro que sí. De ese chico no he vuelto a saber nada y qué felicidad. Luego recuerdo cómo di mi primer beso a los 14 años, a la fuerza. Apoyé al chico contra la pared y lo besé. Él se fue corriendo como una puta. Recuerdo que volteaba mientras corría, como diciéndome Voy a acusarte. Yo sólo quería besar.

Estoy en un cuarto de hotel con dos personas, un hombre y una mujer. El hombre me dice ¿Quieres que te meta el puño en el coño? Porque yo puedo metértelo y todo bien. ¿Quieres? Yo no respondo. Camino hacia una mesita dentro de la habitación y bebo de la botella de ron. ¿Tienes un cigarrillo más? me pregunta el hombre, y penetra a mi compañera. Me observa mientras fumo. Me manda besos y me pide que lo observe, yo me río y comienzo a masturbarme. Luego le da la vuelta a mi compañera y me habla de política: me dice que el pueblo tiene que rebelarse, como en la granja de George Orwel, y mientras tanto mete y saca su pene. Yo le digo que al final todo se repite: el derrocador se vuelve igual al dictador.

Alguien ha tocado un timbre en el edificio. Se me ocurre que es mi amiga Kitty que viene con pisco y peliculitas porno: hoy es noche de chicas y vamos a pajearnos hasta morir… Sería tan bonito eso, pero no. Ella vendrá con fresas para hacer marcianos, y seguro que vamos a ver una película de Woody Allen. Rocco sale a ladrar por la ventana y sé que no es ella. Aprovecho y me bajo el calzón un ratito: ganar – ganar, siempre. Me froto los labios vaginales y comienzo a sudar, me acuerdo de Cé y me sudan las pantorrillas, alzo el volumen de la música y gimo un poquito. No quiero que nadie en el barrio sepa de mi adicción por las pajas. Prefiero pasar como una chica intelectual que no le habla a nadie, así que subo más el volumen y mientras me vengo pienso que el sexo a solas también es rico.

 Mi mano y yo hemos venido a conquistar América.

 Este artículo fue publicado en utero.pe

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