Por Villano Sexto

 A pesar de tener una costilla rota (eso aseguraba su esposa) y el pie izquierdo hinchado desde el pasado 25 de septiembre, la medianoche del 31 de Octubre Marcelino Montejo timoneaba con gran pericia la canoa que surcaba el río Isiboro hasta alcanzar la comunidad de San Miguelito, en el inicio del Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro Securé (TIPNIS). Con ello, Marcelino y las otras quince personas de la canoa concluían el largo recorrido iniciado desde la segunda semana de agosto para impedir que, en nombre del progreso, el desarrollo y la integración, un tramo carretero cruzara su territorio. A punto de llegar a San Miguelito, escuché detrás de mí la frase “Don caballerito, ya vamos a comer pescado”, pero antes de saberme aludido y poder contestar, César Dávalos agregó en la oscuridad: “este es el territorio que hemos ido a defender”. Entonces, tras escuchar los pulmones maltratados de Mirta y de dos bebés más del grupo que comenzaron la marcha a La Paz con apenas un mes de nacidos, y tras recordar el temple con el cual mis acompañantes superaron la intemperie y el fango de Sacaba en espera de la llamada que les comunicara que en Villa Tunari ya no estaban confiscando la ropa regalada en la capital, finalmente alcancé a responder algo: “es el territorio que han ido a ganar”.

En la batalla aludida, la legitimidad del proceso de cambio boliviano es la gran perdedora. Basadas en la delación moral y la represión física, las respuestas del gobierno a las exigencias de los sectores movilizados en defensa del TIPNIS representan el acuse de recibo más amargo de los últimos meses. La fabricación de pruebas para descalificar a la marcha como un movimiento de derecha por parte de ministros como Sacha Llorenti (ahora fuera de su cargo), Carlos Romero y César Navarro, el despliegue de los medios de comunicación oficiales durante el conflicto (el silencio de la cadena Bolivia TV el 25 de septiembre y la pobrísima editorial del periódico Cambio de ese mismo día) y la ominosa –y muy probablemente falsa– confusión en las altas cúpulas de la plaza Murillo sobre quién dio la orden de intervenir policialmente la marcha el 25 de septiembre, anuncian que, aún antes de reflexionar sobre las posibilidades y las problemáticas de alcanzar el bienestar social a partir de modelos económicos desarrollistas, urge aclarar primero qué ha originado el inminente deterioro del otrora gobierno de los movimientos sociales que esperanzara a Bolivia en el año 2006.

Si bien en las sociedades contemporáneas –y sobre todo en sus sectores urbanos– parece imprescindible la presencia de la administración estatal en áreas de salud, educación y obras públicas, es imposible omitir que en el terreno de los grandes proyectos económicos y culturales el Estado es incapaz de respetar las visiones disidentes de sus integrantes. Incluso en Bolivia, una de las sociedades latinoamericanas con mayor arraigo comunitario, las estructuras de poder y representación social de las dirigencias del Estado Plurinacional no parecen ni intentar ni querer abandonar los modelos coloniales clásicos de gestión política. Ante ello, las organizaciones movilizadas en defensa del TIPNIS han optado no por actuar fuera del Estado sino por hacerse respetar por él. Queremos que las decisiones importantes sobre nuestro territorio y nuestras formas de vida sean consensadas con el Estado y que éste respete las leyes que tanto trabajo nos ha costado elaborar, me comentó Fernando Vargas (presidente de las comunidades del TIPNIS movilizadas) en el trayecto de Caranavi a San Pedro; y una semana más adelante, en la plaza San Francisco deLa Paz, el propio Vargas agregó públicamente que buscaban una gestión compartida y un desarrollo que construyera sin destruir.

Es así que, al momento, la dirigencia de la marcha ha optado por mantener votos de confianza en el gobierno boliviano, como demuestra la redacción del acta de acuerdo del II punto de la plataforma dela VIII MarchaIndígena: “Se aclaró que la propuesta número 2 de la plataforma indígena (…) estaba orientada a garantizar previamente la elaboración y gestión de un Plan de Manejo (…) y de ninguna manera se orientaba a perjudicar las iniciativas productivas del Estado y los beneficios sociales para la población boliviana y el desarrollo nacional, salvaguardando, por supuesto, los derechos de los pueblos indígenas”. Pero si tal táctica ha soportado hasta ahora los embates de algunas facciones del Movimiento al Socialismo y de sindicatos cocaleros, es probable que más adelante tenga que reconfigurarse si desea sortear el terreno de la geopolítica, ese que otorgó un doctorado honoris causa en ciencias políticas a Evo Morales en la Universidad de la Habana seis días antes de la intervención policial en Yucumo, que presentó acusaciones sobre la participación de agentes venezolanos en ella y que ha registrado la complacencia del estado brasileño ante el proyecto de la burguesía paulista de levantar el tramo carretero que continúe el plan trazado por el macro proyecto de integración sudamericana IIRSA.

En tiempos en los cuales al capitalismo sólo le falta arrasar con los recursos naturales no renovables y en los que el Ministerio de Economía y Finanzas Públicas de Bolivia declara y advierte que el éxito de su gestión se basa en la administración de los recursos naturales y que “la necesidad de transformación de la materia prima obliga a cambiar la mentalidad de los bolivianos hacia una mentalidad enfocada en la producción”, la noche del 21 de Octubre los integrantes de la VIII Marcha Indígena sortearon el reciente choque entre la sangre, los huesos, el progreso, la madre tierra y el poder haciendo que Evo Morales Ayma saliera de su palacio presidencial para saludarlos “con respeto y cariño”, reiterarles que la carretera no pasaría por el TIPNIS y asegurarles que él no había mandado reprimirlos. “Mucha suerte y muchas felicidades”, concedió Evo. Y cuatro días después, cuando dirigentes y marchistas se trasladaron de la Plaza Murillo a la de San Francisco para despedirse de La Paz con los ojos llorosos y los cuerpos cansados, recordé que allí mismo Martín Aguilar, mecánico con el tabique nasal desviado y las manos asombrosamente fuertes, me había asegurado tras levantar por tercera vez la bolsa de activo con la que sobrevivía la ciudad que “el desarrollo es la mierda”.

Justamente, activistas paceños también aseguran que “otro desarrollo es posible”, y con ello coinciden con Gilbert Rist, quien apunta que el desarrollo sólo sobrevive como un residuo para justificar el proceso de mundialización y que, en cambio, “las formas de vivir una <<buena vida>> son muchas y corresponde a cada sociedad inventar la suya”. Así, ese otro desarrollo basado en un orden equilibrante y de respeto al medio ambiente a pesar de que éste puede ser voraz, y esa otra forma de vida ajena al consumo excesivo que además es capaz de cuestionar la noción de carencia, todo ello es lo que, poniendo el cuerpo y caminando a ras de suelo, han salido a defender y ganar familias como las de Marcelino Montejo, Jesús Dávalos, César Dávalos, Pedro Yuco y Agustín Nosa. “Felicidades”, sinteticé al abandonar el caudal del río que ofrecía la entrada al Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro Securé.

 La Paz, Noviembre 2011. (Hoy, 2015, la lucha continúa)