Por Camila Mandinka Rojas

 Laura, al abrir la puerta de su habitación, encontró algo que le heló la sangre: la pequeña muñeca que le había regalado su mamá cuando tenía 5 años de edad.

   La recogió tristemente del suelo con un gesto un tanto desagradable. La muñeca en una actitud insolente y desvergonzada la miraba. Casi podía sentir los ojos azules de la muñeca mirándola con malicia, podría jurar que la muñeca se estaba burlando de ella. ¡Se estaba riendo de ella!

   ¿Su imaginación? Quizá, pero Laura notó que en las comisuras de los labios plásticos se formaba una sonrisa perversa. La miró por los extremos, estaba llena de polvo. ¿Cuánto tiempo la había tenido en el baúl?

Ya había pasado mucho tiempo que no sentía esa nostalgia en su pecho. Su corazón latía rabioso. Le trajo muchos recuerdos que vinieron a su mente como olas incrustándose en su cerebro. Cuando pequeña, la solía llamar Roberta, jamás se despegaba de ella, la quería como si fuera una persona real de carne y hueso.

   Para los demás, Roberta les parecía común: sólo plástico, hueca, vacía y frágil. Para ella, la muñeca era todo: le platicaba, la llevaba a todos lados y podría resultar hasta cierto punto incómodo para la familia.

   A Roberta, Laura le proporcionaba todo.  Ahora, en ese preciso instante, parecía que la muñeca había cobrado vida, como un milagro que nunca deseó. La imagen tierna que tenía de Roberta se había desvanecido, le parecía malévola, en sus ojos había una mezcla de ira, rencor e ironía.

   Describir qué sentía al mirarla a los ojos fue imposible. Su corazón acelerado y sus manos sudando, el corazón no paraba de retumbar, los latidos rápidos se amalgamaban en su garganta.

    ¡Roberta parecía con vida! La muñeca nunca habló, nunca abrió la boca, sin embargo una voz aguda y molesta invadió su mente. Aquella voz que tintineaba susurros que no alcanzaba a descifrar ni señales ni significados. Supo de qué se trataba a los pocos segundos.

   Por un momento pensó que la muñeca le tendría que dar lastima. Y no, no fue así. La muñeca la observaba, burlona y con recelo. Se sintió intimidada cuando  alcanzó a escuchar claramente unas palabras que se confundían en su ya de por sí caótica mente, no razonaba, no sabía si fue su propia voz o la de la muñeca.

    ¿En qué te has convertido? ¡Eres un monstruo! Sus piernas empezaron a temblar. Abatida, se tiró al suelo sin soltar el fatuo juguete, le quemaba, le ardía de la mano. La soltó y perdió el conocimiento.

    Más tarde despertó en su cama, La muñeca ya no estaba, por ninguna parte. ¿Lo soñó? ¿Fue real? Laura jamás sacaría de su mente esa voz: —Eres un monstruo,  —Eres un monstruo,  —Eres un monstruo,  —Eres un monstruo,  —Eres un monstruo,  eco que se repetía una y otra vez.

    Tratando de aclarar sus dudas, habló con su mamá. Su madre había tirado la muñeca el día anterior.