Por Marco Rojas

Sueño una madeja gigante de estambre que corre justo detrás de mí, cuando está apunto de aplastarme me despierto agitado.

Eso fue lo primero que le conté a la mujer que según decían tenía contacto con los ángeles. Por mi actitud rebelde y escéptica me costaba trabajo pensar en semejante cosa, los acontecimientos recientes me habían hecho cambiar de opinión, sobre todo la muerte de mi madre que desencadenó situaciones totalmente increíbles que aún no comprendo del todo.

Cuando llegué al pueblo aquel, no tuve ningún problema en recabar información de Sirenia.

Por sus poderes especiales le decían la Santa, así la conocía todo el pueblo, muy querida y adorada sobre todo por mujeres, decían que tenía un gran corazón, muy generosa y siempre las apoyaba de diferentes maneras.

Una de ellas nos sirvió muy amablemente de guía dijo llamarse Leopoldina, al parecer conocía toda la región; había trabajado para La Santa, sabía muchas cosas del entorno de la mujer de los ángeles.

A decir verdad, la casa de Sirenia se situaba a mucha distancia del municipio principal. Entramos por una vereda que se hacía más y más angosta conforme se avanzaba; se veía el verdor de las plantaciones de tomate, de calabaza, de alfalfa, y muchas tantas cosas que no reconocí. De un momento a otro el verdor se perdió y dio paso a un amarillo seco color de jaras en forma de muro que tapaban ambos lados del camino, me acerqué para mirar qué había detrás de esos tan altos "muros". Leopoldina me dijo: “mire usted rápidito y siga caminando es por su seguridad”. Abrí con mis manos algunas varas y enredaderas secas, apareció ante mis ojos un campo interminable, todo sembrado, sólo se veía un verde subido y una cantidad sin fin de flores rojas.  “Amapola”, me dijo; de eso vive el pueblo, genera mucho trabajo y bienestar económico para mi gente. A partir de que se siembra tenemos agua, luz, drenaje, una escuela, un centro médico y tantas cosas que jamás soñamos, ningún presidente municipal ni por equivocación lo había logrado.

La familia que manejaba esos sembradíos se había encargado de que nada faltara en los ya casi 60 años que llevaban "trabajando". Por obvias razones se les cuidaba, se les protegía, intocables siempre, pues los terrenos pertenecían al municipio.

“Un día llegó el ejército y se robó la producción, quemaron una pequeña parte y el resto lo subieron a sus transportes militares”, recuerda. Sólo pasó una vez, según Leopoldina. la segunda salió todo el pueblo bloqueando las entradas y todas sus veredas. “Los soldados no tuvieron más remedio que volver”, dice. Poco a poco y con el paso de los años la familia dueña de las empacadoras se fueron colocando en posiciones políticas en diferentes ciudades, actualmente uno de ellos es el gobernador del estado, ahora hay más dinero más comercios más de todo, los jóvenes ya no se van a los Estados Unidos aquí hay suficiente trabajo y muy bien pagado, la mayoría de ellos tienen ya sus "trokas" del año equipadas con sonidos estridentes y ropa de marca muy cara que compran en San Diego.