Por Alij Anaya

CUBA.- A Charanga le metieron diez años por irse de putas con el hijo de Fidel, soltó Maicol a la mitad del camino al destapar el Havana Club y los segundos 300 kilómetros restantes. Esa mañana, en una pizzería de Santiago, viajeros sudamericanos le preguntaron si sabía cómo hacer para llegar a Jamaica. ¡Si supiéramos ya nos hubiéramos ido!, se le adelantó Rolando en voz alta desde la mesa de al lado y con ello se ganó el viaje de vuelta a la capital con todo y turista brasileño.

    En El Cotorro, hambriento y casi en automático –volaba todos los días desde El Vedado hasta Santiago-, Rolando acarició la mejilla de su compañera y ofreció a la visita la cacerola de langostas temblando en el suelo de la sala. Ya salgo, se rindió al fin y corrió un poco la cortina para intentar dormir unos minutos. Rey aprovechó el desconcierto de Verdao y comenzó a dibujar varias siluetas en el vacío: ¿Cuántas te traigo? Tenemos tiempo antes de que salga tu avión, ¿cuántas tú quieres?

   Días antes, en un estudio de la calle Obispo, Maicol abordó a Verdao y no lo soltó más nunca. Recorrieron Centro Habana y Habana Vieja derramando críticas y cucs y remataron las noches de diciembre rentando novias a un costado del Habana Libre. Verdao se quedó con el teléfono móvil de dos chicas y continuó viéndose con ellas día de por medio durante toda su estancia. Incluso terminó bailando solo y apretadito con la esposa de Maicol en un salón de baile cercano a Copelia.

   En Sao Paulo Verdao convenció a los ejecutivos de Perdizes luego de año y medio de probar suerte con campañas publicitarias menores. La suerte y la ironía estuvieron de su lado: al final de un convivio en la oficina se empecinó en perseguir una compañera y terminó en uno de los Saraus mejor plantados del este de la ciudad. Maia abandonó el recelo inicial y lo presentó con poetas y promotores de aquella revuelta periférica. La revelación comercial fue inmediata: el maestro de ceremonias y muralista del calzado rojo y enorme como tanques de guerra era idéntico al Che.

   ¿Le estás ofreciendo mujeres? Dale, Rey, salió palmoteando de la pieza, gritando para hacerse escuchar sobre Kelvis y Elito Reve, la compañera de Rolando. Rey les guiñó una pupila y salió con prisa del departamento. Ariadna terminó de correr la cortina, mandó a su niña al edificio de enfrente y le ofreció a Verdao el inicio de sus senos al recoger la cacerola de langostas. Verdao recordó a la mujer de Maicol apretándole la cintura y la nuca y dudó si debía comenzar a ensayar una frase que combinara rechazo y agradecimiento. Disculpa, muchacho, ya te pongo la comida sobre la mesa, aclaró Ariadna regalándole una sonrisa circular.

   Rey volvió a aparecer en la entrada del departamento. Regresó balanceándose con varias libras de bistec y arroz. ¡En el barrio hay… tres días de carnaval!, tomó a Ariadna y la hizo bailar aunque ella pronto se dirigió a la ventana. ¡¡Canelaaa!!, se le adelantó Rey con el llamado, abandonó la bulla, arrancó con la habladera y confió que su hijo había tenido quince días antes en el Cardiocentro de Santa Clara una cirugía combinada de corazón-pulmón prácticamente milagrosa. “Una proeza científica en favor de la vida”, le mostró el titular del Granma. Asere, ¿qué tú piensas? Habla claro, pidió Rey. ¿Afuera? Allá es una carnicería, confundió Verdao su respuesta ante la avalancha de preguntas recibidas.

   Ese veinticuatro de diciembre, durante la operación de Ángel, Verdao, Rolando y Maicol recorrieron Santa Clara en busca de la tercera nieta del Che y de la última firma del contrato publicitario. Por la mañana en Santiago sólo les habían pedido una pizza y un helado, pero bajo las toneladas de granito y firmeza de su abuelo Alicia no entendía porqué insistir en algo tan absurdo que además se hacía de por sí hace varias décadas. En fin: nunca han entendido nada, concedió y, ya de espaldas a los cuatro, mandó un abrazo para Charanga mientras rehacía su rumbo hacia el centro de Santa Clara.

   Verdao volvió al Sarau dos Umbigos con la mercancía de la línea Canela&Candela apretujada en la van. También visitó los Saraus del norte y el sur de la ciudad, pero la mercancía terminó malbaratada en una venta de liquidación de un centro comercial. A mediados del siguiente año, cuando observó la transmisión del himno gringo rasgando el malecón, creyó que era buen momento para cumplirle a Rolando la promesa de conseguirle alguien que se casara con él para sacarlo de allí. Y también recordó que en El Cotorro sintió que en la isla todo se le escabulló conservando siempre su cadencia de gozo desesperado e independiente. ¿Y qué tú quieres que te den?, reaccionó a los timbrazos del móvil y descubrió a Ariadna cantándole del otro lado del satélite.