Por David O. Ben-oni

Recuerdas el despertar de la larga noche de aquella pesadilla en que habríamos de preguntarnos ¿quién tiene que pedir perdón y quién puede otorgarlo? Recuerdas la cueva que cada uno vencimos, no aquella que alguna vez habitamos en que todos, como el perdón y su otorgación, se escondían debajo de un calcetín agujerado, a veces hasta dos veces  (el uno para ver, puesto que los pies también desean ver, y el otro para expulsar el humo); no, esa no… aquella que nos recordaba la búsqueda de la piedra mítica, aquella que todos hubimos de vencer al iniciar nuestro camino, aquella que de vez en vez visitamos hasta disipar las dudas, aquella que es visitada por los incautos que buscando la piedra filosofal y el elixir de la vida,  terminan perdidos no sólo ante su confusión y falta de congruencia con la realidad, sino por sobre todo, ante su ambición pasional, su incomprensión del mundo, y su fanatismo delirante… ¿la recuerdas?

   Yo también la recuerdo, quizá por la cantidad de veces en que he tenido que visitarla no sólo por las ansias de saber  y saber, y por querer transformar antes que nada mi cotidiano actuar, y con él, en la medida de las posibilidades mi contexto que, por otra parte, quisiera transformar tan radicalmente con la ayuda de todos, claro… pero el todos es tan abstracto, que con pocos se cuenta realmente para tal fin… en realidad la visito a menudo porque las dudas y la crisis de valores son más cotidianas de lo que pudiese esperarse… saber duele, y a veces duele mucho aunque en realidad se sepa poco, tan poco, que solo se ama la ignorancia que abunda en cada uno de nosotros, en el sentido de que reta a conocer aún más, y hace interesante la cotidianeidad de la vida…

   Pero hay más cuevas, muchas, titipuchal diría alguien que se convirtió en alguna ave de paso, como riachuelos cura fracasos… jajajaja… suelo tener mala memoria, o memoria selectiva; por ejemplo, puesto que los nombres propios (que en realidad de propios no tienen nada, puesto que son compartidos por muchos y que terminan sin definir a nadie, pero que usamos para la comodidad de nombrar a uno, aunque de vez en vez, giren la cabeza más de uno al pronunciarlos…), esos que son de todos casi nunca los recuerdo, pero las palabras que se intercambian en colecciones infinitas cuando se estimula su pronunciación consciente, o semi consciente en la mayoría, esas, jamás las olvido, lo mismo que los lugares, máxime si las experiencias adquiridas en ellos son desde mi perspectiva trascendentales... pero las rutas de acceso a los lugares sólo se transforman en lugares para mí cuando aprendo de ellos, si no, suelo olvidarlas a conveniencia…

   Pero te decía, hay más cuevas internas y oscuras como todas, de antojos y desantojos, de vida y de muerte, de duda a conveniencia, y de desmemoria conveniente a veces… y otras, que recuerdas aunque no lo expreses, de esas que sólo son comentadas en el fuero interno hasta saber qué hacer con ellas, aunque a veces, se muestren a quienes están atentos aun sin tener que expresar palabras, porque a veces, el silencio en el que suele no parar de hablar, también dice que algo dentro está pasando… como hace unos días en que supe que te ibas para no volver, sin duda, con estrepito, sin tapujos y sin remordimientos, porque has crecido…

   Pero hay más cuevas, húmedas y silenciosas pero resonantes; testigos de todos los pasos, los que se dan en falso, los contundentes, los dubitativos, de todos… húmedas y placenteras, visitadas o por visitar, las hay también, de aquellas que podrían ser visitadas, pero que de uno u otro sentido, causan miedo, y sólo quedarán allí, pudiendo ser visitadas, pero sin ser penetradas jamás…

  Cuevas que transitas por 15 ciclos, y en las que pierdes todo para reencontrarte contigo mismo, y en donde se repite la interrogante: ¿quién tiene que pedir perdón, y quien puede otorgarlo? Si ambos perdimos mucho, creyendo en la esperanza de que ceder, nos llevaría al crecimiento, y crecimos, pero también perdimos, puesto que he perdido de vista sus sonrisas y disparates, sus criticas pujantes que hacen a la razón tambalearse… cuevas visitadas por tiempos, como en las escuelas, tomar distancia por tiempos, uno, dos, tres; que he testificado en la observación y en la vivencia… de las que tanto me reía por lo ridículo que suelen ser…

   Cuevas que retan, pero que se alejan entre uno más se acerca, como el horizonte, esa línea imaginaria que se retrotrae sin existir entre uno más camina hacia ella; como el mañana que sucede de dos formas cada día, llegando al amanecer, y planteándose al futuro próximo que nunca se aproxima sino en una forma de expresar, imaginaria y concreta, paradójica sin duda alguna…

    ¿Quién eres? ¿Cómo te abres? Con un mítico sésamo que a mí me suena a sesam… ¿Puedo probarte, lamerte y chuparte y aun así no sabría nada de ti? Puesto que tendría que aprender a transponer tu apariencia en esencia, ¿es eso? Temes ser descubierta, como cuando hace unos días Harry, Quito y yo conversamos que, 40 no siempre es una identidad numérica, sino que a veces en realidad se transforma en un muchos que no quiere ser precisado a conveniencia, como suele suceder cuando se quiere recordar, pero no las circunstancias que lo hicieron posible, porque no se quiere asumir las consecuencias que lo harán palpable… así de 40 ladronas, ciencias puras y exactas no todas, dubitativas y dudantes la mayoría, indecisas e indiscretas como las que más… tangibles y palpables, pero que se transforman en recuerdo con la duda del qué realmente sucedió… ¿eso es lo que deseas, o temes tanto al que sucederá después, que prefieres conformarte con el hoy cómodo pero sin riesgo conducente al placer de lo he vivido?

    ¿Te robe o me robaste? ¿Tomarse el tiempo del experimentar es un robo? ¿No es acaso una experimentación conjunta y la perpetuación del hecho una esperanza vana? ¿No es el aquí y ahora la única realidad y lo demás historia o perspectiva de futuro? Dudas y más dudas, pero tú quieres seguir dudando en vez de despejar la incógnita, y respeto tu deseo si eso fuese, pero jamás me pidas respetar el temor que te convierte  en inamovible misterio… porque la ignorancia debe ser combatida cotidianamente desde el atrevimiento que sólo puede juzgar en inmoral el conservador que lo único que pretende es conservar para siempre, aun cuando mate la esencia, acto que en realidad es posesión y muerte del poseso, que aun sabiendo que teme ser poseído por el mal, se reduce a sí mismo a objeto cuando acepta tal posesión del temeroso… ¿quién teme más?

   ¿Quién tiene que pedir perdón y quien puede otorgarlo? ¿Eres cuarenta porque eres un imaginario mucho que teme utilizar el compás y trazar sus límites experimentando, o ¿prefieres imaginar infinitud -porque no te conoces pues evades atreverte a descubrir con la ayuda de otros tus dimensiones- dando rienda suelta a tus deseos? ¿Y si la cago? Dices, pero, ¿y si no?... te reto…

   Cueva, misterio, incógnita, duda… pero jamás infinitud o perfección. Lo único previsible es que no te conoces a ti misma y jamás terminarás de hacerlo. Cueva, duda misterio para el que no se atreve, develada en la experiencia del tránsito del internarse en tus profundidades, fuero interno que el riesgo asumido en el dejar de fingir devela…

   Ladronas y ladrones, ¿existen? Yo sólo veo a quien intenta recuperar todo aquello de lo que ha sido despojado… ¿Delito, sólo porque un libro escrito a conveniencia del que teme dejar de poseer lo dice? ¿Soy tuyo, podrías ser mía? Yo no veo la manera de poseer salvo a quien se desconoce a sí mismo… pues quien está constantemente retando sus límites, además de estar conociéndose, parte a parte, posee voluntad concreta y no puede ser encarcelado en la imaginación delirante de otro…

   ¿Qué puedo quitarte si nada es tuyo o mío? Es tan efímera la experiencia, que se trastoca en recuerdo, en colectividad experiencial aunque con diferentes perspectivas, puesto que el horizonte estaba ubicado en distintos sentidos en un mismo momento, ¿te quito, o nos damos? ¿Te exploro o nos reconocemos? ¿Quién tiene que pedir perdón y quien puede otorgarlo?